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La ultraderecha siempre son los otros

Tras las pasadas elecciones generales del 10N al Parlamento español se desencadenó una alarma generalizada por la llegada de VOX como tercera fuerza política, ya que nunca hasta ahora un partido de ultraderecha había logrado tales resultados desde la Transición. Quienes han mostrado más alarma por la situación son los partidos de izquierda (algo entendible) y los nacionalistas (no tan entendible ya que éstos comparten con VOX una parte de su ideario). Pero es en este momento cuando debiéramos plantearnos lo siguiente: ¿no existía hasta ahora ultraderecha en España o no hemos sabido – o querido – reconocerla?

La cúpula de VOX durante la noche electoral del 10N

¿Qué ha ocurrido exactamente? Pues que España parecía hasta ahora inmune a las consignas reaccionarias que desde hace años habían ido calando como lluvia fina en nuestro entorno europeo, a esa vuelta al nacionalismo más rancio que otrora originó tantas guerras entre europeos y entre cuyos reclamos principales está el de culpar a la inmigración de todos los males sociales y económicos que nos asolan, de considerar a la Unión Europea como un parásito y una amenaza a partes iguales para la soberanía y libertad de las naciones, antes que una fuente de colaboración, solidaridad y progreso. En fin, ya saben, todas esas cosas con un cierto tufo de alcanfor decimonónico que en Reino Unido han desembocado en la desgracia colectiva del Brexit, en ese batiburrillo de turbias ideologías que ya sea desde el lepenismo o incluso también enfundadas en un chaleco amarillo asoman en nuestra vecina Francia; en esas maneras de déspota nuevo rico que avergüenzan a Italia ante el mundo y que, en definitiva, tienen su reflejo en una Norteamérica carpetovetónica al mando de un engendro político llamado Donald Trump.

Matteo Salvini

¿Pero es verdad que España había sido inmune hasta ahora a las ideologías populistas más reaccionarias? Vamos a intentar analizarlo a continuación.

¿Es el nacionalismo también extrema derecha?

En primer lugar tocaría explicar por qué un partido que literalmente no se comía una rosca en las elecciones como no lo habían hecho sus antecesores desde la muerte de Franco, ha acabado convirtiéndose en la apuesta de la gran masa cabreada de españoles a los que ya no parece importarles ni mucho ni poco que les llamen “fachas”. ¿No será que habíamos estado trivializando el término usándolo injustificadamente?

El voto a la extrema derecha siempre suele obedecer a una reacción del electorado, harto de alguna cosa. En este sentido, son muchos quienes opinan que el voto a VOX obedece en una gran parte a una reacción visceral en contra del movimiento independentista catalán, de su manifestación, su tratamiento y sus consecuencias a lo largo de estos años.

La cuestión clave que suscitamos aquí sería: ¿Son los movimientos nacionalistas también extrema derecha? ¿si? ¿no? ¿no todos?¿Puede calificarse el movimiento nacionalista catalán de ultranacionalismo a juzgar por sus actos más recientes?. O desde otra perspectiva: ¿por qué los partidos de la izquierda española no han sabido o querido categorizar y señalar al movimiento nacionalista secesionista catalán como movimiento de extrema derecha o “ultra”?. ¿Por qué no se ha respondido con rotunidad al argumentario ultraconservador e incluso con frecuencia xenófobo de Junts x Cataluña (antigua Convergència)?. ¿Por qué se ha pasado por alto el hecho de que el partido de Puigdemont mantenga lazos estrechos con partidos de la ultraderecha europea e incluso con el gobierno autoritario de Putin?

Puigdemont y Artur Mas en Bruselas junto con un miembro del partido ultraderechista flamenco Vlaams Belang.

Lo que ocurre en España con la condescendencia de la izquierda frente a los nacionalismos varios no sucede en ninguna parte. Y seguramente tiene que ver con que en los últimos años de Franco, algunos (no todos, cuidado) sectores del nacionalismo catalán se pusieron en el lado de la disidencia al régimen, si bien durante los tiempos más duros de la dictadura una gran mayoría de las élites catalanas que hoy salen con la estelada habían estado viviendo con total comodidad en el contexto de desarrollo económico del tardofranquismo. Los reportajes y series de TV3 dan a entender – entre tantas muchas otras burdas manipulaciones de la historia que el canal autonómico realizar habitualmente – que Cataluña como “país” aglutinaba la disidencia al dictador cuando en realidad quién más sufrió la represión de Franco fueron, por este orden, los pobres, que vivieron las consecuencias más atroces de la economía autárquica implantada por el régimen y la represaliada izquierda española (incluyendo a la catalana, por supuesto), la cual poco o nada tenía que ver con las ideas que hoy propugna el nacionalismo.

Nacionalismo de izquierda: la cuadratura del círculo

En este contexto juega una factor clave la “peculiaridad” de que en Cataluña existen dos partidos autodenominados de izquierdas y nacionalistas al mismo tiempo. Una incongruencia ideológica que en nuestro país, ya sea por falta de conocimiento de la Historia de los movimientos políticos o, simplemente, por falta de claridad de ideas, sólo unos pocos han puesto de manifiesto. Así tenemos a Esquerra Republicana (ERC) y la CUP (izquierda anticapitalista) que, o bien han apoyado, o bien han formado gobierno directamente con la derecha nacionalista de Convergència (hoy “Junts per Catalunya“) sin nigún tipo de problemas en aras de la consecución de la secesión de Cataluña. Esto llama más aún la atención si tenemos en cuenta los siguiente:

1. Que durante esta etapa en la que el govern ha puesto rumbo a la independencia se han producido los mayores recortes sociales de la historia reciente de Cataluña.

2. Que el lema que dio el escopetazo de salida al Procés no fue otro que aquel otrora famoso “Espanya ens roba”, por el cual Cataluña vendría a ser una víctima de la voracidad del Estado español al tener que repartir sus impuestos entre todas las autonomías españolas con menos poder económico. Una auténtica oda a la insolidaridad interterritorial (todos los países democráticos del mundo aplican este criterio en la redistribución territorial de la riqueza y no parece en absoluto que Cataluña sea un caso paradigmático de expolio), olvidando o ignorando, por otra parte, que tanto Franco como gobiernos españoles anteriores desde el siglo XIX potenciaron la industrialización, tanto de Cataluña como del País Vasco, en detrimento de otras regiones de España.

3. El relato nacionalista se fundamenta en una serie de premisas supremacistas y en ocasiones abiertamente xenófobas con respecto a España a nivel general o a otros pueblos de España (como podrían ser los andaluces, los extremeños o los murcianos) que afloran con mayor o menor nitidez (cuando no de forma velada) en el discurso de sus líderes e influencers principales. Sólo hay que darse un paseo por las redes sociales.

Pablo Iglesias estrechando la mano de Quim Torra. El líder de Podemos parece asumir las tesis del nacionalismo sin problemas, incluso perdiendo votos por este motivo.

Es curioso y al mismo tiempo lamentable que los partidos de izquierda, en principio no nacionalista, hayan entrado en este juego en aras de la “libertad del pueblo catalán”. Debe señalarse en este punto la gran habilidad de la propaganda nacionalista catalana en revestir de “derechos humanos”, incluso de “progresismo” a un movimiento absolutamente conservador, profundamente insolidario y tan corrupto como lo ha podido ser el PP (los gobiernos de Convergència han vivido de la corrupción desde que Pujol asumió la presidencia en 1980).

Nacionalismo catalán y xenofobia

Un movimiento que no sólo ignora la diversidad y pluralidad de la sociedad catalana desde todas sus esferas de poder (y de forma paradigmática en el campo de la comunicación) sino que ha llegado incluso a atacar desde sus filas a quienes lucharon por las libertades en la época de la dictadura franquista si no comulgaban expresamente con el ideario independentista. A Serrat le han llamado hasta “fascista” en su momento y la televisión catalana TV3 en un programa dedicado a su biografía artística aludía a su “polémico posicionamiento” respecto al Procés, por el sólo hecho de no declararse ni sentirse afín al movimiento secesionista.

El cantante Lluís Llach, referente mediático del independentismo y candidato en las listas de Junts x Cataluña, en la víspera de una de las grandes (y pocas) manifestaciones en favor de la unión con España, acontecida en Octubre de 2017, publicó un tuit en el que decía: “Mañana dejemos las calles de Barcelona vacías. Que los buitres no encuentren comida”.

Con esta calificación de “buitres” se refería a todos los catalanes que deseaban continuar en España, tuvieran la ideología que tuvieran, pues eran los que iban a salir esa mañana en manifestación. Nunca ha pedido disculpas por esta publicación. Pero ahí tenemos al propio President de la Generalitat, Quim Torra, un activista ultranacionalista puesto a dedo desde el exilio por Puigdemont, que es autor de escritos de odio indisumulado a todo lo que sonara a español sobre los que sus socios “de izquierdas” han pasado de puntillas. He aquí un extracto de lo que muchas veces se ha presentado como “una malinterpretación” de la libertad de expresión:

“Ahora miras a tu país y vuelves a ver hablar a las bestias. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana, sin embargo, que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua. Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O un pequeño bache en su cadena de ADN. ¡Pobres individuos! Viven en un país del que lo desconocen todo: su cultura, sus tradiciones, su historia. Se pasean impermeables a cualquier evento que represente el hecho catalán. Les crea urticaria. Les rebota todo lo que no sea español y en castellano. Tienen nombre y apellidos las bestias. Todos conocemos alguna. Abundan las bestias. Viven, mueren y se multiplican.

Bajo la presidencia de Quim Torra, quien se tiene por “defensor de las libertades” por el hecho de desobedecer leyes promulgadas en democracia que instan a mantener la neutralidad de los espacios públicos, se ha llegado a conceder la Creu de Sant Jordi (con la participación de Esquerra Republicana, no lo olvidemos) a una xenófoba antiespañola manifiesta como es Nuria de Gispert. Nuria de Gispert se ha referido a los españoles, así, en general, en sus redes sociales como vagos, buscadores de subvenciones y otras lindezas. Pero quizás fue este tuit escandaloso en el que trataba a diversos políticos constitucionalistas de “cerdos” que debían regresar a sus lugares de origen el que forzó, muy a últimísima hora, su renuncia al preciado galardón:

Por último, y sólo como uno de muchísimos ejemplos de las líneas rojas que el nacionalismo catalán ha pisado en los últimos años tenemos a un personaje en alza como es Laura Borras, una majadera (implicada recientemente también en un caso de amaño de contratos y diversas irregularidades cuando dirigía el Institut de les Lletres Catalanes) que nada más aterrizar en el Departament de Cultura no tuvo reparos en expresar que el castellano es en Cataluña “una lengua de imposición” implantada mediante un “proceso de colonización”. Con lo que cabe pensar que todos los castellonhablantes de Cataluña son hijos de esa colonización, cuando no colonos ellos mismos. Esta señora que hoy en día es la mano derecha de Puigdemont en Junts per Catalunya junto con Torra, había firmado poco antes el manifiesto Koiné que solicitaba eliminar la oficialidad del castellano en Cataluña. Es la misma que establece en un tuit la diferencia entre “ser catalán” o “ser español nacido en Cataluña”. O la que tras los graves disturbios causados por los CDRs tras la sentencia del Procés comenta que “quemar contenedores no es violencia”, pues “violencia son los 100 de años de prisión” a los líderes del Procés.

Pacifismo y diálogo de hechos consumados

Por útimo, el nacionalismo se autodefine y repite hasta la saciedad que constituye un movimiento pacífico pero a la vez se ha gastado sumas incalculables de dinero público en el dudosamente pacífico objetivo de lanzar campañas continuadas de desprestigio y desgaste a la imagen de España como país. Un movimiento que ampara, anima y justifica los cortes de carreteras de las sucesivas huelgas políticas lideradas por los CDRs que además de sembrar el caos, siempre perjudican a las clases más humildes. Un movimiento que dice, asimismo, tener una disposición total al “diálogo” con España. “Diálogo“, esa palabra mágica adoptada por el secesionismo como pilar de su exhaustiva propaganda, toda vez que ha ejercido y amenaza con volver a ejercer una política sistemática de hechos consumados que ignora absolutamente la existencia de la mitad de catalanes que no comparte sus ideas.

Nótese que cuando los nacionalistas catalanes se refieren a “Cataluña” o al “pueblo de Cataluña” piensan exclusivamente en sus votantes. Un importantísimo sector de la población catalana, sin duda alguna, pero que nunca ha sobrepasado el 48%. ¿Qué tiene de pacífico y dialogante silenciar con la fuerza de los instrumentos financieros y mediáticos que otorga el poder a más de la mitad de la población?. ¿O desproveerla de un marco legal al forzar un referéndum sin garantías legales y por tanto un fraude democrático?. Los interlocutores de izquierdas de los nacionalistas parecen olvidar todos estos factores demasiado a menudo asumiendo sin problemas la falta total de autocrítica de este movimiento y dejando el papel de confrontarles exclusivamente a los partidos de derecha o centro derecha. Es justo en esta tierra de nadie donde en Cataluña nos está creciendo un mostruo cuyos tentáculos cada vez llegan más lejos sin que nadie vea la forma de pararlo.

En mis oídos resuenan noticias y tertulias en TV3 hablando de la ultraderecha que siempre son los otros. Y aquéllos lo son, sin duda. Pero cuando la propia Laura Borrás decía hoy en rueda de prensa que “hay que poner un cordón sanitario a VOX, advierto que ahora es cuando por fin respiran tranquilos, al tener por fin delante al enemigo que justifica su propia excrecencia. Porque en su momento nadie tuvo el coraje – o muy pocos lo tuvieron – de advertir que ya los teníamos aquí.

El silencio se paga caro y la Historia nos da muchas muestras de ello. Amig@s, ojalá me equivoque.

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