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El Papa y la intolerancia laica


Benedicto XVI (Foto: CamilloPiz)

No me gusta la intolerancia, sea del signo que sea. Los intolerantes son insoportables, insufribles, maleducados y amargados. Ni comen ni dejan comer, pero lo que más me disgusta de ellos es que siempre, sea cual sea la época, encuentran un caldo de cultivo, una justificación para reproducirse y multiplicarse. Lo peor de todo es que, en ocasiones, el propio término “intolerancia” se utiliza como arma arrojadiza cuando ni siquiera procede. Hace poco escuché llamar “intolerantes” a las organizaciones antitaurinas por haber conseguido que se prohibieran las corridas de toros en Catalunya. ¿Intolerancia?. El Diccionario de la Real Academia es claro en definir el término como “falta de tolerancia, especialmente religiosa”. Por lo tanto, prohibir el maltrato y la tortura, ya sea en personas o animales no tiene que ver con la intolerancia, sino con la justicia aplicada en virtud del derecho de un animal a no ser torturado, en el contexto de una sociedad civilizada.


Teniendo claro esto, también conocemos de sobra a estas alturas que, a lo largo de la Historia, muchos movimientos religiosos, en especial, los monoteístas, han protagonizado numerosos episodios de intolerancia religiosa con quienes no comulgaban con sus ideas o prácticas. De manera significativa, la Iglesia de Roma, entabló guerras (las Cruzadas) y virulentas represiones en España y en toda Europa, en consonancia con un poder que trascendía notablemente los límites de la religión y las creencias. La Iglesia ha sido un poder temporal y como tal ejerció durante demasiado tiempo. Y a pesar de que ha pedido perdón por esta parte lamentable de su historia, sigue existiendo aún una brecha importante entre lo que muchos colectivos piensan que la Iglesia debería ser y lo que es, fundamentalmente, en lo que concierne a su postura respecto a determinados derechos ciudadanos.


Pero eso no nos impide reconocer (a pesar de que la influencia de la Iglesia se circunscribe actualmente en la mayoría de los países occidentales a la esfera de lo privado y su influencia haya decrecido a nivel social) el peso que la tradición cristiana en todas sus acepciones sigue teniendo en la esfera del pensamiento y la vida de muchas personas. Y aunque el Papado de Benedicto XVI se ha visto sacudido por graves acusaciones de falta de rigor en la persecución del delito de pederastia (algo que algunos sectores contestan), así como por polémicas de diversa índole relacionadas con la comunicación del mensaje de la Iglesia, no sería justo no reconocer a Joseph Ratzinger el empleo de su extraordinario poso intelectual para esforzarse en abrir caminos de entendimiento, corregir errores viejos y nuevos y romper algunas brechas. Precisamente por su formación muy conservadora esta voluntad autoimpuesta no deja de adquirir un significado más profundo.


La Iglesia es una organización formada por personas, con sus claros y sus oscuros, sus errores y aciertos, no es justo focalizar la atención mediática solamente en lo negativo.¿Que sería muy positivo que la Iglesia se planteara seriamente modificar determinadas estructuras, matizar algunas de sus posiciones más controvertidas?. Sin duda y sería muy saludable que así fuera, pero tampoco estoy de acuerdo con los ataques indiscriminados a todo lo que suene a religioso que se lanzan desde algunos – no todos, afortunadamente – sectores defensores de un “laicismo para todos”, como si de la piedra filosofal se tratase y en un ejercicio de intransigencia similar al que antaño practicaban los creyentes.


Escuela en República Dominicana

Quizás se les olvida que,  siglos atrás, fue un canónigo, Fray Bartolomé de las Casas quien tuvo los arrestos de rebelarse contra el Rey de España al denunciar los abusos de la Conquista de América. Me pregunto si muchos políticos actuales de hoy en día, de uno u otro signo, hubiesen tenido el valor para alzar la voz contra el poder establecido como lo hizo en su tiempo, en aquellas circunstancias, el obispo de la orden de Sto.Domingo. ¿Es necesario recordar también que son muchos los que, en el marco de una labor, más o menos acertada o discutida de proselitismo cristiano, se han jugado y se juegan  hoy en día la vida por estar al lado de quienes viven al borde del abismo en muchas zonas de conflicto?. Eso no es nada fácil.  Más teniendo en cuenta que muchas de estas personas que trabajan en misiones religiosas y ONGs de la Iglesia podrían vivir muy cómodamente en su casita, como lo hacemos muchos de nosotros. En lugar de eso, escogen estar allí, al lado de los que sufren y poniendo su integridad en peligro, día a día, en zonas de Asia, Africa, y América del Sur, a menudo denunciando abusos en contextos en que lo más prudente es mantener la boca cerrada. Muchos de ellos ni siquiera salen jamás en los medios de comunicación.


Tampoco huelga decir que Cáritas, una organización de la Iglesia, sigue siendo esa voz de la discordia, esa que nos revela unos datos económicos que incomodan periódicamente a los gobiernos de turno, sobre la situación del contingente de pobres de solemnidad que aumenta año tras año entre nosotros, en las principales ciudades de nuestro país. Pobres de solemnidad que a veces no encuentran otras vías para hacernos ver que están. Y así, otras organizaciones y entidades vinculadas a la religión cristiana que realizan una encomiable labor social y que también son Iglesia.


Por eso, me gustaría que prevaleciera el equilibrio a la hora de juzgar, que “el que esté libre de culpa, tire la primera piedra”, ya que ni laicos ni no laicos pueden presentar unas credenciales de autoridad moral o ética superior, por el hecho de serlo, a quienes continúan yendo a misa. En ese sentido, a veces parece que nuestro inconsciente colectivo no ha llegado a asimilar todo lo que entraña la separación de poderes. Por supuesto que ser laico o religioso no otorga más ni menos números para ser más o menos intolerante,  más o menos demócrata o justo o solidario. Y tampoco nos da derecho a caricaturizar al que tiene unas creencias, o una forma de pensar distinta, sea cual sea.


No me gustan las etiquetas, ni los juicios a priori ni ninguna verdad presupuesta. Ni a propósito de moros, ni de cristianos ni de laicos, ni de grupos antiglobalización, ni de gays, ni de derechos de cualquier tipo. Tampoco a propósito del Papa  ni de las instituciones que, como digo, están formadas por personas que tienen también el derecho a ser consideradas y respetadas individualmente. Hay mucho por explorar, por aprender, por comprender, de todos. Y la intolerancia, la que cierra puertas, la que designa buenos y malos, la que acusa sin matices, como se ha visto estos días, puede ser de cualquier signo. También existe  una intolerancia laica.


Ejerzamos el respeto, la acogida, la escucha activa. Expresándonos siempre sin violencia y de forma constructiva. Sólo así podremos debatir, crecer, progresar, en la Iglesia o fuera de ella. Cualquier otra actitud nos impide progresar, conduciéndonos indefectiblemente al mismo punto de partida.


Nur Sajarah


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