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Ecos de Botswana y la generación Bambi

Cuando las aguas parecen volver a la calma tras el violento oleaje suscitado por la aventura africana del Rey Juan Carlos, desearíamos realizar unos apuntes sobre la cuestión, como siempre, desde nuestro subjetívisimo punto de vista.

De entrada, nos suscita demasiada pereza abordar el tema monarquía sí – monarquía no, aprovechando la coyuntura o desconyuntura del país, según se mire, porque para proponer cambios y grandes movidas hay que estar muy seguro de que la mudanza nos va a dejar ante un panorama mejor del que partimos. Y aunque a priori otros sistemas políticos, como la república, presenten un perfil más democrático por el hecho – nada trivial – de que a los presidentes se les elige cada x años, no debe olvidarse que la jefatura de estado – de cualquier estado no autoritario – es, por lo general, una mera representación del país, una especie de public relations de alto nivel que en las cuestiones importantes se limita a ratificar decisiones y políticas dictadas de antemano por los gobiernos. 

Tampoco debe ignorarse que las presidencias no están exentas de gastos ni fanfarrias, ni siquiera de corrupciones y malas prácticas, que ya se sabe que hasta en las democracias con más pedigrí,  como Francia, Alemania o Israel, (por señalar casos recientes),  aquéllos que acumulan más o menos poder o influencias, tienden a rodearse de una camarilla de acólitos y/o amistades peligrosas, viniendo a resultar, con el paso del tiempo, que quien parecía tener un intachable currículum de mirlo blanco en el momento de su flamante elección, o no lo tenía tanto, o se le va tornando negro por el camino.

Son políticos todos ellos, ya lo sabemos, por ello en España disfrutábamos complacientemente de ese “vínculo especial” que une a la monarquía con el pueblo, ese “algo” que se hace perdonar el cariz vitalicio y hereditario del cargo a cambio de una familiaridad simbólica, como si los monarcas y su descendencia fueran parientes directos de todos nosotros, un referente al que elogiar o poner verde según la ocasión y el humor que se tercia.  Y a pesar de que la restauración de la monarquía tras la dictadura de Franco tuvo sus cositas y de que los borbones de tiempos pasados las más de las veces rindieron flaco favor al país (¿en qué familia no hay historias negras que se olvidan al cabo de los años), había una especie de consenso en la percepción de que “la monarquía iba bien”, y que incluso, estaba en condiciones de contemporizar con cierta rapidez de reflejos la sonrojante trayectoria del yerno avispado. El espejo en el que se reflejaba el rey Juan Carlos para millones de españoles no aparentaba perder nitidez por muchos que fueran los contratiempos y, de repente, de la noche a la mañana, hemos visto volar los añicos de cristal delante de nuestras narices, como si el peso del desdichado paquidermo africano abatido por las balas del monarca y sus acompañantes se hubiese desplomado en redondo sobre una reputación laboriosamente hilvanada en el transcurso de muchos años.

De pronto, todo el mundo empezaba a preguntarse si ese pariente de todos no era en realidad un desconocido, alguien que llevaba una vida secreta muy distinta a la que se le atribuía, gracias, en gran parte, a un silencio mediático que, en nuestro país, y para todo, se distribuye por barrios, ahora damos leña aquí, ahora allí, pero siempre están los mismos diciendo lo mismo de la misma gente. Ya estamos malacostumbrados a ello. Pero en el caso de la monarquía, la discrección absoluta era siempre el común denominador. Y tanto era así, que andábamos sospechando que el día en que se abriera la veda (hablando de cazadores…) los tiros iban a venir de todos lados a un tiempo… y en la misma dirección. Digamos que la monarquía, como ya solía suceder, nos ha puesto de acuerdo a todos pero, esta vez, de la forma menos pensada.

Generación Bambi

Pero…¿qué ha ocurrido en realidad?. ¿Nos ha dolido a todos lo mismo y de la misma manera?. Lo explicaremos con un ejemplo: Hace cosa de una semana, Mario Conde, quien, por decirlo así, también tiene un pasado de “inclemencias” en el terreno financiero, al ser preguntado sobre esta misma cuestión contestaba: “No es el elefante lo que ha irritado a los españoles. Sino el momento en el que ha sucedido, y lo que representa”. Estamos seguros que “el momento” ha sido importante, ya que el monarca haya sido pillado in fraganti en una actividad de ocio que conlleva un enorme dispendio (da igual o es casi peor que le hayan invitado) en medio de la peor crisis que hemos vivido en décadas no es el contexto ideal para generar aplausos. Obviamente, Conde deseaba restarle importancia al episodio de la caza, pues él mismo es un cazador.  Además, el ex presidente de Banesto, ignoraba la tremenda potencia in crescendo del sentimiento animalista en la opinión pública española, una pujanza que los medios de comunicación generalistas evitan retratar en su verdadera magnitud por los múltiples intereses que ello acarrea, pero que se detecta con fuerza en las redes sociales y en toda la web 3.0. Recoge el sentir de asociaciones, algunos partidos y colectivos diversos, y ciudadanos privados a quienes los anacrónicos escopeteros que se “relajan” arrasando la vida que campa en libertad por la naturaleza atacan (buena señal) llamándoles  “Generación Bambi” por el mero hecho de estar concienciados y sentir compasión por el sufrimiento de los animales.

Pues aquí se presenta la generación Bambi, y a mucha honra. Una generación a la que ha enojado especialmente, y en primer lugar, (a pesar de lo que diga el Sr. Conde), que el rey de España, lejos de esa ejemplaridad que él mismo reclamaba, disfrute matando animales, sean elefantes, tigres, osos, perdices o venados. De hecho, Botswana ha venido a incidir en aquél tristemente famoso episodio del oso, al que, supuestamente, los adláteres de Putin habrían emborrachado para que Juan Carlos pudiera darle un tiro sin demasiados problemas.  Y aunque nos da un cierto pudor incidir en lo evidente, permítasenos recordar que matar no es una “actividad deportiva”. Ni hacerlo en una batida ni en un coso taurino. Matar es asesinar y quien se divierte asesinando a personas o animales tiene un serio problema y no puede pretenderse, en pleno siglo XXI, ejemplo de nadie. Y basta, por favor, de oxímorons, tales como “cazadores ecologistas”, “toreros que aman a los toros” y sandeces varias que sólo tratan de confundir al que ya viene confundido de serie.

Por cierto, da igual si el cazador se llama Juan Carlos de Borbón, o Mario Conde, o Baltasar Garzón, si es de izquierdas o de derechas. Hay que denunciar siempre el maltrato y el asesinato de animales, venga de donde venga. Corridas de toros, corre-bous, y todos los acosos y tradiciones sanguinarias. Las apoye el PP, el PSOE, Convergència, Esquerra Republicana o el partido que sea. Hay que denunciar la barbarie, sin excepciones de colores ni ideologías, porque el animalismo no debe tener más lema que el pacifismo, el rechazo a toda tradición violenta, el ecologismo y la solidaridad con las demás especies del planeta. Sólo la coherencia llevará al movimiento animalista a ser más fuerte de lo que ahora es. Si nos enzarzamos en batallas de monárquicos, republicanos, rojos, azules o amarillos, nuestras auténticas razones quedarán diluidas por el camino. Y eso sólo da argumentos a quienes desean minimizarnos. Coherencia es sinónimo de sinceridad, es la prueba del algodón, más allá de discursos, manifestaciones, rasgamiento de vestiduras y posicionamientos públicos.

Como la de una tal Sofía de Grecia. Nunca fue de caza. Nunca fue a los toros. No come carne. Y al respecto, no comenta.

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One comment

  1. El rey deberia tener cuentas transparentes, y se deberia saber quienes son sus amigos, y los que sacan mas tajada del pais. Se ha de respetar la vida privada, pero casi no tiene derecho gracias a todos los beneficios que tiene. Cazar parece ser una de sus pasiones. Se conoce poco al rey, no seria tan popular. No conocemos a su amiga privada, que igual tambien tiene derecho, pero todo son secretos y no hay transparencia. Los animales quedan para quienes sabemos quererlos.

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