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Cómo ahuyentar a las hormigas sin efecto “terminator”

 

La primavera es maravillosa: explosión de luz, de vida, de hormonas, de ilusiones y proyectos, de esperanza vislumbrando el verano que se acerca, las vacaciones… Sí, todo es es verdad, pero también acarrea  sus inconvenientes y no nos referimos a las alergias. Y es que la primavera también lo es para muchos  animalitos que despiertan a la vida del letargo invernal, entre ellos las hormigas.

Previsoras, trabajadoras incansables, organizadas (se dice que la división del trabajo es invención suya), colaboradoras, poseedoras en definitiva de una envidiable inteligencia colectiva que ha causado la admiración del ser humano desde los tiempos de Esopo hasta Lafontaine y Samaniego, quienes glosaron las virtudes de las hormigas en aquélla célebre fábula que todos aprendimos de memoria en la escuela sobre la ruidosa y fiestera cigarra y la muy responsable y discreta hormiga.

Ah, amigo! pero lo malo es cuando las perseverantes y dedicadas hormiguitas se te cuelan en algún lugar sensible de la casa, como podría ser… ¿la cocina?. Pues sí, esto sucedió a quien esto escribe el año pasado. Un día de mediados de abril, de repente, aparecieron en mi cocina. Habían anidado allí, en algún lugar recóndito e inaccesible sin que una servidora se percatase. ¿Por qué?. Pues muy simple: por no atender a las señales. Las señales son las visitas individuales de hormiguitas exploradoras a las  que – por ser sólo una o dos – no les das más importancia pero que inspeccionan los terrenos y acaban conduciendo a la colonia entera allí donde les parece más conveniente, cerca de las provisiones de comida.

A partir de ahí empezó una auténtica pesadilla. Un limpiar hasta las tantas de la noche armarios, encimeras y recovecos con todo lo habido y por haber. Un constante invitar a hormigas al patio que volvían a entrar al rato. No se rían, por favor, evito matar bichos por pequeños que sean. Aunque admito que tuve que eliminar a unas cuantas ya que, por extenuación, no hubo más remedio que recurrir a los insecticidas convencionales. Lo dejabas todo como los chorros del oro y cuando las hormiguitas adivinaban que ya te habías acostado, volvían a aparecer, dándote la sorpresa-sorpresa si se te ocurría irrumpir en la cocina a horas intempestivas a por un vaso de leche.

Pedí consejo a drogueros varios y me recomendaron los productos más maquiavélicos que uno pueda imaginarse – aparte de los rociamientos con gases pestilentes que matan hormigas, e intoxicando de paso  a niños, adultos, perros, gatos y canarios. También me sugirieron ponerles un producto que las atrae por su dulzor, las hormigas se lo llevan al nido encantadas y allí se envenenan todas, incluyendo a la reina. Un horror, vamos. Admito que lo compré pero fui incapaz de usarlo. Odio los exterminios. La idea de engañarlas con tan mala baba y alevosía cuando lo único que los animales buscan es lo que todos, sobrevivir, me ponía los pelos de punta. Devolví el producto, cambiándolo por un ambientador natural. Y seguí buscando por otro lado.

polvos contra hormigasAl final, hallé la solución a mi medida estudiando al “enemigo” y aprendiendo de él, (o de ellas mejor dicho, de ellas), por lo menos en lo que se refiere a su constancia, paciencia y determinación. Virtudes gracias a las cuales vi la luz al final del túnel en una tienda de productos ecológicos, donde también se pueden adquirir productos que ahuyentan insectos a base de sustancias que están en la naturaleza, muchas de ellas producidas por las propias plantas para librarse de ellos. No son aconsejables en caso de una auténtica plaga, muchas veces no matan, pero sí funcionan en el sentido de que molestan a los “invasores” sin convertir nuestra casa en un bunker irrespirable. Al final, por reiteración de esa molestia, acaban impidiendo su proliferación.

La solución se presentó en forma de unos polvos comercializados por una empresa alemana que fabrica diversos productos ecológicos de este tipo, de nombre Aries“. Los polvos, en concreto, consisten en tierra de diatomeas 100%, un producto totalmente natural de origen marino, a base de plancton fósil cuya estructura cristalina daña la capa de cera que llevan las hormigas y los insectos en su caparazón. Cuando los animales lo detectan, lo evitan. Esto es, si lo pones en la puerta, no entran, lo intentan pero cuando ven que hay polvos por todas partes se van y he ahí, cortando la comunicación con el exterior, cómo el año pasado empecé a solucionar mi problema. Poco a poco fueron desapareciendo, me congratulaba ver cómo se daban la vuelta tras pretender entrar en la cocina, prueba de la eficacia del remedio. Si llueve, el producto pierde eficacia, por lo que es preciso volver a renovarlo echando más cantidad.

Sí, de acuerdo, hay que acostumbrarse a ver en primavera y verano los polvitos a la entrada de la cocina y en el marco de la ventana, pero sinceramente, la tranquilidad que dan lo merece todo. Aconsejo ponerlos muy pronto, a finales de marzo, o principios de abril. Su precio, por cierto, es de unos 10 EUR aproximadamente. Lo recomiendo a todos los que odiéis asesinar animalitos en masa, por pequeños que sean. Y no pasa nada si los gatos, perros o niños los pisan. Y a disfrutar del verano! 🙂

PD: También aconsejo probar el spray “Bambule” de aire comprimido contra insectos voladores con aceite de neem, de la misma empresa que los polvos, “Aries”. Tiene un olor muy agradable y se puede utilizar en las habitaciones de dormir sin efectos indeseados. Para los mal pensados, no, no tenemos comisión… Más quisiéramos!! 😉

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