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¡¡Yo quiero ser «de los vuestros»!!

Televisión Española ha apostado por empezar el otoño con el estreno de un nuevo talent show: «Uno de los nuestros», un programa producido por Gestmusic y Televisión Española, en el que «Los nuestros» son la orquesta, un grupo de músicos arrogantes y molones que se disponen a escoger un cantante solista (¿o varios?) con el fin de incorporarlo al conjunto y recorrerse las Españas y allende, con un repertorio exhaustivo. Se busca, en concreto, un cantante «todoterreno» y así se lo han dejado clarito a algunos buenos artistas que han pasado por el casting exhibiendo dotes limitadas al repertorio que les es propicio.

Así, de primera apariencia, «Uno de los nuestros» es un formato del tipo de OT, pero pasado por el tamiz de la crisis. Parte, como decimos, del tronco común de todo concurso de talentos, si bien, más simplificado en cuanto a recursos y tiempos; el minutaje de biopic de cada concursante está felizmente reducido ( presentado con hilaridad y sana autoparodia de aspirante a artista) y lo que hay, es lo que se ve: orquesta, cantantes, jurado y escenario sencillito. Sin embargo, «Uno de los Nuestros» cuenta con varios activos que pueden diferenciarlo de los demás y que esperamos acierte a manejar con destreza, sin agobiarse demasiado por el tiovivo de las audiencias.

Como activo número uno señalaría al jurado, formado por Javier Gurruchaga (algunos de sus comentarios como jurado son de antología, una delicia en un tiempo en que se hace extraño escuchar el criterio de expertos en estos shows!), María del Monte (una imprescindible ya en este tipo de programas en los que la capacidad de improvisación y el desparpajo son primordiales) y la cantante originaria de Canet, Roser, que encarna a la perfección y transmite (pienso que de manera muy profesional a pesar de ser muy rubia y muy alta, bxjjrrrffggggrrrrrrrrr!!!) el tipo de perfil que el programa viene buscando.

El activo número dos es el propio objetivo del programa: en tiempos en los que ganarse la vida es muy difícil y ganarse la vida como artista es prácticamente imposible, ofrecer la propuesta a la España de los seis millones de parados de canalizar ese talento (que en la mayoría de ocasiones se acaba diluyendo en los vahos de una ducha casera o en el pasillo de una estación de metro), parece una buena y razonable inversión como entretenimiento en una televisión pública. Ya sabemos, muchos son los llamados y pocos los elegidos y a pesar de que también se ha dado cancha a más de un friki (reconozcamos que también contribuyen a los ratings), la plataforma está ahí para todos: para los altos, para los bajos, para los que sueñan, para los que roncan, para los de Matalascañas y para los que meriendan bollycao cumplidos los 50. Ahí se ve de todo y digamos que un sábado por la noche, ciertas visiones apocalípticas (y también desafinaciones interestelares) no ofenden demasiado.

Pero vayamos al activo número tres. ¡Ay ese activo número tres!. ¡Esa orquesta tocando en vivo!. Para los concursantes es la prueba de fuego, la madre de todas las pruebas: saltar al escenario a dar lo mejor de sí en dos minutos con el subidón de una orquesta de maestros, de los mejores, tocando para ti. Para que tu cantes. Y mirándote. Y escuchándote y valorándote a tí. ¡Ay!. ¡Uhmmmm!.

Pues ¿qué podría decir?. Pues que creo, sinceramente, que la experiencia debe ser de tal calibre que luego da absolutamente lo mismo si te echan, o si te lanzan a los leones sin anestesia. Y en verdad, muchos a los que les dan «la patada» dicen irse encantados de la experiencia y me temo que no se trata de una falsa convención bienquedante con la productora; diría que son absolutamente sinceros. Yo creo que aunque «Los nuestros» me dijeran que canto fatal, que me muevo como un pato fumado o que no valgo ni para recitar la lotería de Navidad con la ayuda del teleprompter me iría encantada, porque esos dos minutos de gloria previos al presumible botamiento ya no te los quita nadie. ¡Yo también quiero ser los vuestros!. ¡Ni que sea por medio minuto!.

Y es que donde esté un músico…por favor, ¡donde vas a parar! ¡que se quite todo lo demás!. Trombones, trompetas, baterías, guitarras, pianos, bajos, coristas…¡buahhh!!. Además, si el músico es un poco borde, eso ya no tiene precio. Pero ¿Vds. han visto al bellezón de Sagaste? ¿ Y esa carita de Robert? ¡mamma mia! ¡Pero qué poco salgo! ¡pero si también mola Alicio Keys! Y Patxi, ese boss tan atractivo…y Rico, ese calvo sexi y lenguaraz! y…¡Ay!. Bueno ¡ya basta de suspiros por ahora!. ¡Terminemos de una vez con esta crítica absurda!.

Eso. Terminemos. Sólo cabe esperar que los elegidos estén al nivel y que no suela ocurrir como suele suceder en estos casos, que la productora ya se traiga sus «recomendados» de serie. Una competencia leal, frente a una orquesta exigente y a ratos temible, otros caprichosa y juguetona, ante un jurado que siga como hasta ahora, interviniendo para aportar y sin humillaciones gratuitas al estilo Mejidiano y que el público pueda disfrutar del talento servido sin precocinar. Ese es el gran reto del programa: que se vea en directo todo lo que hay, todo el pescado a la vista. Y ninguno vendido de antemano.

¡Vamos!, ¡vamos!, ¡Que me lo quitan de las manos!.

 

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