Ylenia y los elegidos

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Ylenia Carrisi

En los últimos años, los programas de entretenimiento y  los realities de las televisiones privadas tienden a inducir de manera preocupante a la asfixia neuronal y emocional de la audiencia a base de ingentes dosis de ordinarieces, bromas del peor gusto, sal gorda y crueldades varias infringidas y sufridas (indistintamente) por personajes sin oficio conocido o que, si alguna vez lo tuvieron, se ven ahora en la necesidad imperiosa de alquilar su dignidad a las productoras “especializadas” en esta clase de material. De esta manera, en horario de mañana – tarde – noche el imaginario colectivo de los desamparados telespectadores recibe un bombardeo continuado de historias aberrantes e imágenes grotescas que, como las drogas o el alcohol, incitan a una especie de lavado de cerebro que contribuye, entre otras cosas, a anestesiarnos de otras penas económicas y/o carencias emocionales.

Entre toda esa basura conceptual – me disculpen por el término pero las cosas deben llamarse por su nombre – que vaga dispersa por el ambiente, hoy me detengo antes unos ojos que inducen a la serenidad y a evadirse de un ruido mediático que  – como es bien sabido – sólo tiene como objetivo lograr audiencia a costa de lo que sea. El método es sencillo, pero efectivo: sembrar la confusión a base de difundir calumnias, rumores y conjeturas sin rastro de piedad sobre la memoria de una joven, Ylenia Carrisi, que – casi con seguridad -  murió de forma desgraciada en Estados Unidos en 1994.

 

Ylenia junto a su padre, el cantante Al Bano

Sin profundizar en cuestiones éticas  y en el hecho incontestable de que el cuerpo de la joven nunca fuese encontrado, se hace muy extraño pensar honestamente que alguien que en la actualidad ya habría alcanzado la cuarentena fuese incapaz de perdonar a su familia desencuentros generacionales ya más que caducados y persistiera en esconderse de ella durante décadas, con el inmenso sufrimiento que conlleva una decisión así.

Por otro lado, suponer que Ylenia pudiese vivir años enclaustrada en un monasterio alejada del mundo como una princesa de cuento para siempre jamás, como si los monjes de hoy en día (o el proveedor del supermercado, o el mozo de los recados, o la señora de la limpieza)  no tuvieran ni Twitter ni Blackberries  es como demasiado suponer. Lamentablemente, la realidad de los hechos y los testimonios coinciden en que la muchacha, que entonces tenía 23 años y quería ser escritora, tomó la decisión de vender parte de sus posesiones y viajar en solitario para estar cerca de los más débiles y narrar sus experiencias. A partir de ahí y, tras una estancia con su familia en Nueva Orléans, cayó en una devastadora espiral de drogas y , probablemente, en una descomunal crisis de identidad que la arrastró a un final trágico.

La mirada limpia de Ylenia Carrisi me trae recuerdos de otros casos, no necesariamente pertenecientes a familias adineradas ni célebres como lo fue la suya.   La hija del cantante italiano Al Bano y Romina Power era una muchacha inteligente, hermosa, muy culta, apasionada de la literatura, una mujer con inquietudes, sensible, activa en temas solidarios que no cuadraba en absoluto con el cliché de niñata superficial y caprichosa, tan reconocible en otros ejemplos de hijos de ricos y famosos. Aunque, como es lógico, iba precedida por la inmensa fama de sus padres, enseguida fue reclamada por la televisión, sobre todo, por su indudable gracia y fotogenia. Sin embargo, la inteligencia desbordaba en su mirada adolescente y ni tan siquiera durante su participación en el entretenimiento televisivo más banal, podía ocultar su proyección personal hacia la cultura y el crecimiento espiritual. Recordemos cómo hizo balbucear al propio Mike Bongiorno, uno de los presentadores estrella de la RAI y Mediaset, durante la emisión de La Ruletta della Fortuna, al referirle el éxito y la gran atención que el público y los medios de comunicación le dispensaban. Carrisi le respondió con una amplia sonrisa y, ante el asombro del decano presentador, citó a Ghandi:  “si queremos alcanzar la verdad no podemos nunca dejar de ser humildes”. En aquel momento, cualquiera hubiera podido imaginarla desarrollando una carrera triunfal en la televisión, o como escritora de libros, tal y como se propuso en su última etapa. Pero las cosas no sucedieron de este modo, como bien sabemos.

Junto a Mike Buongiorno, en La Ruletta della Fortuna

He visto a muchos jóvenes como Ylenia, que brillaban frente a los demás. Eran primeros en la clase, pero no eran en absoluto niños repelentes, ni pelotas, ni pandilleros o acosadores. Destacaban por su talento y por ser otra clase de gente. Eran personas especiales, con una luz interior que resplandecía en sincero interés hacia los demás, hacia las desigualdades y las injusticias de las que eran testimonio. Eran chicos y chicas que, de alguna manera, destacaban por sus  virtudes personales; parecían elegidos por sus dones para alumbrar y alegrar el camino de quienes les conocieron. Eran princesas y príncipes de cuento que, de pronto, un día, sin saber el porqué, encontraron en su camino un contratiempo que los arrastró sin piedad a una cuneta del destino, como si las hadas y los duendes que acompañaban su senda se hubiesen esfumado por encantamiento, abandonándoles a su suerte en un árido desierto de olvido.

Cuando hemos sido testimonio de casos parecidos al de la joven italiana, no podemos dejar de preguntarnos los motivos. Recala, entonces, en nuestra mente aquélla antigua creencia de que los dioses siempre truncan las vidas de los mejores. De una forma o de otra, de la mejor gente, de aquéllos a los que la ruindad y la mediocridad les son materia desconocida. Y  si no mueren trágicamente, vemos cómo un percance de salud, sentimental o una circunstancia adversa motivan que esa estrella que antes resplandecía en ellos se vaya consumiendo hasta apagarse definitivamente. Y si, por casualidad, les vemos o les encontramos al cabo de los años, sentimos una punzada en el corazón, pues cuesta reconocer al amigo/a o al compañero/a de antaño; tal parecen engullidos por una ola de acontecimientos que en un momento de sus vidas les superaron, rompiendo en mil pedazos las promesas de un futuro que les sonreía. A veces, siguen ahí, pero, de alguna manera, es como si ya se hubieran ido.

¿Éxito o fracaso? Catalogamos las vidas ajenas en el marco de la propia

Un día un sabio de la cultura indígena mejicana me contó que nuestro mundo está al revés, porque así lo hemos construido nosotros. Nos inclinamos ante los poderosos, ante los que, fundamentalmente, se mueven por ambición; ante aquéllos seres que logran lo que se considera “triunfar en la vida”, a pesar de que, justamente, una mayoría de ellos se encuentra, según la cosmología india, en el escalón espiritual más básico. En cambio, me decía, pasamos de largo con desprecio e indiferencia ante mendigos y vagabundos, ante aquéllos a quienes consideramos fracasados, al no poseer bienes materiales, ni un proyecto vital reconocible a largo plazo. Me decía que esas personas suelen pertenecer a los niveles más altos de conciencia. Es como si ellos pudieran ver y comprender lo que a los demás nos pasa por alto.

Habitualmente, consideramos que la droga, la desgracia o la degradación afecta a quienes, como Ylenia, no han sabido encontrar la salida de su laberinto personal. Pero esta idea podría ser sólo el fruto de nuestra ignorancia, de nuestra incapacidad para comprender con los ojos del alma el verdadero sentido de nuestra existencia. Es esa ignorancia, según me comentó aquél sabio, la que nos lleva a despreciar – o a compadecer – a quien, en realidad, nos lleva una gran ventaja, la misma que nos llevaban en aquel primer tramo de la vida en el que brillaron con luz propia. Quizás sea, precisamente, el saber, el estar “un poco más allá” el motivo auténtico que lleva a esas personas que han sido excelentes en una fase de su existencia a alcanzar, consciente o inconscientemente, por una vía rápida y muchas veces incomprensible para la mayoría, el final que a todos nos espera. Quien sabe si el resto necesitamos de toda una vida, de toda una trayectoria vital para alcanzar un objetivo que ellos tenían mucho más cerca.

Vislumbrar la eternidad desde una rejilla abierta

Dicen que las líneas de la vida y del destino están escritas en la palma de nuestras manos y todas ellas son diferentes. Cada camino es único, cada experiencia es intransferible y el fracaso y el éxito, la tragedia y la desgracia son etiquetas que colgamos en las vidas de los otros: “¡pobre chico! cayó en la droga”, “¡qué desgraciada! murió tan joven”, son expresiones que empleamos para catalogar las vidas ajenas desde el marco de la propia. Y aunque nos es imposible experimentar, pensar, ni sentir por otras personas, sí nos permitimos juzgarles en función de lo que nosotros percibimos.  Creemos alcanzarlo todo, pero nuestras luces de posición son cortas y sólo alumbran – a veces, a duras penas – nuestro propio recorrido.

Desde luego que para los padres que, como los de la joven italiana, deben enfrentarse y sobrevivir a la pérdida de un hijo, no hay palabras de consuelo. Nada de lo que se les diga puede mermar ese dolor, por innatural, por inasumible. Nada que no sea el tiempo y el instinto impregnado en nuestros genes de seguir adelante, siempre adelante, pase lo que pase.

Sin embargo, me atrevería a expresarles, desde mi propia ignorancia, que debe ser una gran bendición pensar que se ha alumbrado a un ser colmado de dones y de bondad, haberle sostenido entre los brazos y retener en la memoria el torrente de agua fresca de sus acciones y pensamientos compartidos, del cascabel de sus risas en todo su esplendor. Aunque esos momentos se les antojen ahora, sin duda, demasiado breves, fueron un tiempo precioso de sus vidas, de un valor incalculable, en el que, desde una rejilla abierta, pudieron vislumbrar la eternidad. Créanme que son pocos los que han tenido ese privilegio y muchos menos aún son conscientes de ello.

 Aisha.

Una Respuesta

  1. mjoclemente

    Desaparecida no es muerta y a eso se juega en la telebasura que han vuelto a sacar el tema de Ilenia. Si que marchan los mejores, y es logico pensar que la italiana encontro la muerte buscando entre los mas pobres sus sentimientos, quizas algo demasiado sensible para cualquier persona que haya crecido con todos los bienes materiales a su alcance No digo que Ilenia fuese una niña mimada, pero si que fue a parar al lado oscuro de la vida, y sucumbio.

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