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Victus, Barcelona 1714, vista de otra manera

 

Victus es una novela histórica publicada en Octubre de 2012 en Edicions La Campana por el escritor y antropólogo catalán Albert Sánchez Piñol con buen éxito de crítica y público. Se trata de la primera obra en castellano del autor que ya cuenta, sin embargo, con otros títulos en catalán:La pell freda (2002), Pandora al Congo (2005) y Tretze Tristes Tràngols (2008).

De entrada, decir que un tocho centrado en la Guerra de Secesión y el Sitio de Barcelona de 1714 que sobrepasa las 600 páginas puede causar un tanto de pereza (o susto según se mire) para todos aquéllos para quienes la temática histórica planteada desde el punto de vista militar no es precisamente una pasión, sobre todo si no se tiene ni idea del tema. De hecho, el libro proporciona algunos sustos de índole diversa. Sin embargo, quien esto escribe recomienda ánimos y determinación para mantener el tipo y seguir adelante con la lectura hasta el final porque, sinceramente, merece la pena. Después de leer “Victus”, quien no conoce Barcelona, querrá visitarla. Quien la conoce, de buen seguro, la mirará de otra manera.

Empezamos con los sustos: el protagonista. Martí Zuviría es – cómo lo diríamos – un insoportable de cinco estrellas. Él se soporta a si mismo con dificultades pero quien le lee, lo mandaría a tomar viento no en una, sino en un sinfín de ocasiones. Sólo hay que ver cómo trata a la pobre Waltraud, la transcriptora de sus andanzas: una infeliz austríaca que por unos pocos cuartos tiene que aguantar a un viejo transtornado que no para de insultarla. No es cómico ni interesante ver cómo un tipo llama “elefanta”, “búfala”, “mastodonta” a una señora que trata de hacer su trabajo o cómo la describe con “un culo tan gordo como el tambor de un regimiento” y a la que, encima, no puede dictarle en catalán. No, simpático no resulta este Zuviría y, son estos pequeños “detalles”, su carácter ciclotímico y su ética un tanto distraída los que te ponen al borde de soltar el tocho y mandar a pastar a los prados las andanzas de este ingeniero – que en verdad existió y sobrevivió a la guerra, viviendo en Austria hasta el final de sus días.

 

La novela cuenta con una mayoría de personajes reales, algunos de ellos han pasado a la historia como el propio Felipe IV, el Duque de Berwick o el conseller en cap de la Generalitat en el momento de los hechos, Rafael Casanova, (sí, el de los políticos llevando las coronas y los silbidos), pero otros han pasado prácticamente al olvido. Es el caso de uno de los caracteres y que adquiere – en todos los sentidos –  una dimensión mayor en la novela, D.Antonio de Villarroel Peláez, el mariscal que comandaba la resistencia de la capital catalana y cuyo apellido la mayoría de ignorantes sólo asociábamos a una calle del Eixample. Ahora, esta calle, que los de provincia conocemos – sobre todo – porque ubica la entrada a las visitas del Hospital Clínic, adquirirá un significado nuevo en nuestro imaginario, de la mano de este  castellano de origen, un hombre fundamentalmente bueno que adoraba la Barcelona que le vio nacer.

Hablando de imaginario, a “la ideología”de Martí Zuviria también hay que echarle de comer aparte. Y es que aunque Zuviría fue un tipo viajado desde muy jovencito y con conocimiento de idiomas (era traductor y asistente de Villarroel) adolece en medida significativa de los tics ideológicos del catalanismo más provinciano, en concreto, ese que tiende a simplicar extraordinariamente la cultura que no es propia, en especial, la que sobrepasa las tierras del Ebro (las que limitan por el Sur o bien cree que forman parte de “Cataluña”, o es que no sabe lo que hay). Porque el viejo Zuviría le dicta a la desventurada Waltraud que la península se divide en tres franjas verticales: Portugal, Castilla y Cataluña y de éstas, la del medio (de los Chichos), o sea, Castilla, la identifica como un “país de secano”, “aristocrática y rural” e integrada mayormente por los hidalgos, una raza de gandules para  los que trabajar es una deshonra. Por contra, Cataluña es mediterránea, burguesa y naviera y “para un catalán, la deshonra es no trabajar”.  El “cochambroso imperio” que surgió de Castilla sirvió para poco más que esclavizar a millones de indios americanos a golpe de látigo y ni aún así, Castilla fue “incapaz de construir una economía libre o al menos saneada”.

Qué lástima que Martí Zuviría se perdiera tantas clases de historia por ser un gamberrete expulsado de varios colegios y que no alcanzara a saber que el Principado de Cataluña no era un ente en solitario sino que era parte integrante de la Corona de Aragón, que incluía además los Reinos de Valencia, Mallorca, además de otros muchos enclaves en el Mediterráneo que en distintas épocas estuvieron anexionados a dicha Corona. Tampoco debía de estar Zuviría cuando explicaron la rica actividad económica (manufacturas, ganadería) de los burgos castellanos y leoneses desde la Alta Edad Media, su diversidad étnica de moros, judíos y cristianos que contribuyeron sin duda a la extraordinaria riqueza cultural y artística que culminó en el llamado “Siglo de Oro” español y a que sus universidades (Palencia, Salamanca) estuvieran (entonces sí) entre las más importantes de Europa. Sin olvidar que el Sur de la Corona de Aragón había estado ocupada por un reino andalusí que albergó la vanguardia científica y literaria de toda la Edad Media, ejerciendo de puente transmisor de conocimientos entre civilizaciones.

Por eso se hace difícil tragar la afirmación de que “Barcelona estará siempre más lejos de Toledo que la Tierra de Saturno”, ya que cuesta comprender que dos ciudades con tanta actividad y tan abiertas para los cánones de la época pudieran ser tan, tan, tan lejanas o tan diferentes como afirma Zuviría. Quizás depende en dónde se pone el acento: si en lo que te separa o en lo que te une al que, de entrada, percibes como diferente. ¡Uhf!¡Qué paciencia tuviste Waltraud, querida!.

Pero más allá de estos “detalles” sin importancia, a Zuviría no le falta razón en que los Borbones (los de entonces, por favor no me líen) vinieron principalmente a fastidiar el panorama peninsular, eliminando las pocas libertades que quedaban en los distintos reinos de la época y dando la puntilla a un imperio que ya se encaminaba al ocaso.

EjercitoCoronela
Así vestía el ejército de La Coronela en 1714

Pero cuidado que a pesar del carácter rarete y ciertos prejuicios, Martí Zuviría “Piernaslargas” es un tipo al que le encanta aprender, de todo y de todos. Eso le salva y consigue que el lector aprenda con él, aunque de entrada no entienda nada de armamento, de fortificaciones ni de historia o alta (y a la vez, baja) política. Por otra parte, el autor Sánchez Piñol se ha dado un curro impresionante en documentarse sobre los personajes que participaron en uno y otro bando en el sitio de Barcelona de 1714 y sobre unos acontecimientos mal conocidos. Consigue superar la tentación de retratar héroes y heroicismos de cartón-piedra realizando una aproximación amena y directa.

Aquí los héroes son las clases populares catalanas, que salieron a defender con determinación sus fueros y libertades, y resultaron víctimas de una carnicería, en gran parte, gracias a la perfecta inutilidad y  visión cero de sus élites gobernantes (a que nos suena esto??). No es que haga sangre gratuita, pero el autor tiende a poner en su sitio a todo el mundo, enfocando de cerca sus razones, sus intereses, dudas y miserias, lo cual está muy bien.

Y junto al protagonista y a su extraña pero entrañable familia de ficción (Amelis, y los adoptados Anfan y el enano Nan, además del viejo Peret), nos aproximamos al mencionado teniente-mariscal D. Antonio de Villarroel, un militar de principios que acompañó la lucha popular como un padre acompaña a sus hijos (pudo escapar airoso y salvar la piel pero estuvo ahí, con los más desamparados e infelices, hasta el final), al Marqués de Vauban, un célebre ingeniero militar francés que junto con Villarroel marcan definitivamente (y para bien) la evolución de Zuviría; al ejército de la Coronela, a los miquelets (una especie de maquis asalvajados de la época que se dedicaban a importunar todo lo que podían a las tropas borbónicas y a todo el que pillaran por delante) Ballester y Busquets (éste quería reconquistar Mataró a los borbones y murió en el intento), a Jimmy (como él llama al Duque de Berwick, que dirigió la toma de Barcelona) y a muchos otros que toman vida en la novela. A destacar el detalle rayando la exquisitez con que el autor describe a los artilleros mallorquines, comandados por Francesc Costa, un personaje real que – cómo decirlo – le ha quedado al autor “niquelado”. Una maravilla. Pocas palabras dice pero le estás viendo.

Esta novela huele a película. Si es así, esperemos que no se cebe en los aspectos horrorosos de la guerra, es lo que cuesta más de sobrellevar, lo gore que pone los pelos de punta (¡esto es siglo XVIII amigos!): muertes a mansalva, decapitados, desmembrados, etc. y ponga la lupa en todo aquello que pueda ayudarnos a aprender, a querer, a conocer, a empaparnos de lo mejor que nos enseñan las experiencias de este insoportable de Zuviría y la tremenda realidad que le tocó en suerte.

No sé si lo he dicho antes, bueno, por si acaso. Lean la novela: Si no conocen Barcelona, harán de todo por visitarla; si ya la conocen, a partir de ahora, la mirarán con otros ojos, la verán de otra manera.

 

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