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Revolución árabe: el tsunami de los invisibles


Celebrando la liberación de Egipto en el puente Qasr al-Nil, en El Cairo (Foto: Sherif9282)

Tiene ya muchos nombres: “Revolución de los jazmines”, “Revolución Blanca, “Tormenta perfecta” (Hillary Clinton dixit), “Arab revolution”, “Primavera árabe”, “Tsunami árabe” o incluso “Tunisnami”, pero en cualquier caso nadie duda que 2011 ha traído una inmensa ola de libertad al Norte de África y Oriente Medio, desde Túnez hasta el Yemen, que está poniendo patas arriba el statu quo de la zona, estancada desde el inicio de la descolonización en las aguas turbias de la dictadura y la carencia de derechos civiles.

La terrible decisión del joven Mohamed Bouazizi (autoinmolado el 17 de diciembre de 2010 en Sidi Bouzid, Túnez, harto de soportar las contínuas humillaciones de la policía municipal) desencadenó un auténtico seísmo que no dejará ninguna pieza del puzle político árabe en el mismo sitio, por mucho que algunos se empeñen en aferrarse al poder matando antes de morir, sea el coronel Gaddafi, sean los ayatollahs de la República teocrática de Irán.

Lamentablemente, en el caso de Libia, Gaddafi se está empleando en cometer un auténtico genocidio ante una comunidad internacional que no ha empezado a reaccionar hasta que la represión violenta del régimen ha ocasionado miles de víctimas y heridos. Resulta patético escuchar a los líderes europeos pedir «contención en el uso de la violencia» contra los manifestantes, o a la ministra española de AAEE, Trinidad Jiménez, repitiendo de memoria la consigna reutilizada hasta la saciedad «esperamos que las autoridades libias lleven a cabo una transición ordenada a la democracia», al tiempo que Gaddafi masacraba civiles con aviones, tanques y les lanzaba a sus mercenarios puerta a puerta.


Estados Unidos, Europa y el Mediterráneo real

La llegada al poder de Obama hizo pensar en un golpe de timón de la política norteamericana en Oriente Medio. A ello parecía apuntar su célebre discurso en la Universidad de El Cairo[i], en Junio de 2009, a favor de la noble aspiración de todo pueblo a la democracia y los derechos humanos. Pero aparte de algunas recriminaciones públicas de su administración a Israel por la continuación de su política de asentamientos, la administración no ha variado de forma significativa las constantes de su agenda en la zona.


Primeros disturbios en Túnez contra el régimen del depuesto Ben Ali (Foto: Raphaelthelen)

Por su parte, Europa, que no ha llegado a tener nunca una política exterior de relevancia, coincide igualmente, en lo que al Mediterráneo respecta, en la defensa de sus intereses particulares: procurar la estabilidad para garantizar las relaciones económicas y el suministro de fuentes de energía (petróleo y gas) y otorgar especial atención a las cuestiones de seguridad e inmigración.

En este sentido ha discurrido la Política Europea de Vecindad y la Política Euromediterránea, herramientas dotadas con mareantes dosis de lenguaje políticamente correcto en torno a la «cooperación entre las dos riberas del Mediterráneo y el fomento de la democracia»  pero que han constituido, en palabras de Jesús A. Núñez[ii], “una serie de instrumentos más orientados a la defensa de un orden establecido por los países europeos –que satisface en gran medida los intereses de los regímenes de la ribera sur y este– que al desarrollo o bienestar de los ciudadanos”.

Así, mientras la alta política europea iba a lo suyo, el Mediterráneo Sur, el real, el de la gente corriente, el que – hasta ahora – era prácticamente invisible para gobiernos y medios de comunicación del mundo ha estallado con una fuerza inesperada, protestando pacíficamente pero con una determinación absoluta de cambiar las cosas, como si el contenedor de la paciencia colectiva de la sociedad civil de estos países se hubiera desbordado de repente.

Gracias a Internet y las redes sociales ha aflorado una realidad muy desconocida, la de una generación joven que ha logrado transgredir la crítica barrera psicológica del miedo a la represión y a la tortura. Esta vez, el ansia de reclamar los derechos civiles más elementales y las perspectivas de una vida digna en todos los sentidos ha podido más. La población de los países árabes ha dicho en voz alta “¡basta!” a lo que era habitual: la corrupción y el clientelismo incrustados en todas las esferas del estado, con los principales pilares de la economía y las oportunidades y fuentes de negocio en manos de una élite afecta al poder – cuando no directamente en manos del cabeza del estado y su familia (las revelaciones de Wikileaks sobre este particular, confirmando lo que ya se sabía o se sospechaba sobre muchos de estos regímenes podrían también haber tenido un impacto en los acontecimientos que quizás algún día podrá valorarse convenientemente).

Este panorama, en un contexto de crisis económica mundial y un alza de precios en productos básicos (propiciados por el cambio climático y la especulación de los mercados financieros con bienes de primera necesidad) ha sido decisivo para que la situación estallase en mil pedazos.

Los intereses, la amenaza fundamentalista y la «peculiaridad árabe»


Concentración en Bahrein, en la Plaza de la Perla (Foto: Mahmood Al-Yousif)

Como es lógico, los análisis en profundidad del porqué así y el porqué ahora vendrán a posteriori pero el caso es que la Arab Revolution ha pillado con el paso cambiado a la mayoría de gobiernos occidentales, grandes preconizadores de la democracia y los derechos humanos en los discursos de cara a la galería y, al mismo tiempo, haciendo el paripé, estableciendo relaciones de trato preferente y vendiendo armas a estados dictatoriales y corruptos en un grado que se nos antoja sonrojante a la luz de la realidad que estas revueltas populares han dejado al descubierto.

Para justificar esta posición, tanto nuestros gobiernos como una buena parte de quienes han venido ejerciendo como comentaristas y expertos sobre  esos países se han abonado:

– o bien a la tesis de la amenaza fundamentalista (pertrechados en el ejemplo de Irán, el fantasma de la victoria del FIS argelino en la primera vuelta de las elecciones de 1991 y el terrorismo de Al Qaeda),

– o a la visión más matizada, pero igualmente nociva, de quienes abogaban por un multiculturalismo político basado en la “diferencia” árabe, apelando a que las relaciones de naturaleza tribal que están en el origen de estas sociedades no se adaptaban al desarrollo de una democracia al estilo occidental y sí, en cambio, a unos regímenes de signo autoritario y paternalista. Una nueva versión de aquel Spain is different de la España tardofranquista, que nos otorgó un papel de europeos de segunda durante demasiados años.  Pocos fueron capaces de diagnosticar, en cualquier caso, el cambio social que – independientemente del estancamiento político – se estaba produciendo en el seno de estos países.

Sin embargo, ha sido precisamente esta política interesada de Occidente, de la mano de la pretendida y favorecida  «peculiaridad árabe», la que ha suministrado buenos argumentos a los regímenes fundamentalistas como el de Irán y para los grupos y grupúsculos radicales, que operan en diversos países del área de influencia musulmana.

En definitiva, un pez que se ha estado mordiendo la cola durante años, una situación política bloqueada de la que sólo han acertado a encontrar una posible salida la gente corriente, los no políticos, en un movimiento que no es contra Occidente, que no es religioso, que no es contra Israel y que sólo persigue un objetivo: democracia, justicia y derechos civiles y un estado libre de corrupción. Algo que, por cierto, el gobierno de Israel debería haber aplaudido con las orejas,  puesto que el progreso de la democracia en Oriente Medio sólo debería beneficiarle.  El célebre director de orquesta Daniel Barenboim comentaba recientemente en una entrevista al diario ABC, al ser preguntado por la actitud de extremo recelo de Israel, respecto a los recientes acontecimientos en el entorno árabe: “Siento mucha tristeza, porque era el momento de tomar una iniciativa y de demostrar que Israel quiere ser parte de la familia de Oriente Medio. Y cuando se habla de la seguridad de Israel, la única seguridad es justamente ser aceptado por todos los países de la región como uno de ellos”.

Internet y los invisibles

Mujeres celebrando la libertad el 11 de febrero en la Plaza Tahrir de El Cairo (Foto: Mariam Soliman)

Para tomar la iniciativa, como apunta Barenboim, hay que sacudirse los polvos del pasado y analizar lo que está ocurriendo con otra mirada, entender de qué o de quien estamos hablando. Aunque no se den circunstancias idénticas en todos estos países, sí hay un denominador común: en la génesis de la mayoría de las revueltas están jóvenes sin adscripción política, muchos de ellos con una formación muy elevada, algunos sin perspectivas económicas, otros asfixiados por la ausencia de libertades y derechos que ya han podido experimentar trabajando, estudiando o a través de contactos en Europa o Estados Unidos.

Es el caso del célebre activista egipcio Wael Ghonim, ejecutivo de Google, cuya detención y posterior aparición en televisión tras su liberación en las horas previas de la caída de Hosni Mubarak fue uno de los revulsivos de la revolución egipcia. Como Ghonim, hay muchos jóvenes profesionales que trabajan dentro y fuera del país, que han estado y siguen dando contenido a las reivindicaciones en todo el mundo árabe y difundiéndolas a través de la red.

Hasta hace muy pocas semanas, estos jóvenes sólo se movían de puntillas por los sótanos de la clandestinidad, no sabíamos nada de todos ellos. Eran totalmente invisibles para el mundo occidental. Pero en este momento sus seguidores son multitud en todo el globo, a través de Twitter y Facebook, unos seguidores que han servido de altavoz de apoyo a una causa que ya no sólo es de los árabes y quizás sea eso lo más extraordinario que Internet ha conseguido de una forma muy clara. A cada día que pasa surgen miles y miles de voces a través de las redes sociales que claman libertad desde Marruecos a Irán, dando testimonio directo de lo que está sucediendo con vídeos, comentarios y fotografías que corren como la pólvora, adelantándose casi siempre a las propias agencias de noticias.


Maniestante antirégimen en Libia (Foto: Crethi Plethi)

Por eso, como en China, los dictadores árabes han pretendido acallar la disidencia bloqueando Internet. También, como en China, ha sido imposible ponerle puertas al campo, porque las telecomunicaciones por satélite y el ingenio de particulares han ido encontrando formas diferentes de sortear los continuos apagones propiciados por los agentes de la represión. Ni siquiera Gaddafi, a pesar de no permitir la entrada en el país a ningún medio de comunicación extranjero, ha conseguido evitar que las noticias sobre la masacre de su régimen (perpetrada en parte por mercenarios extranjeros) se hayan extendido por todo el mundo.

Las oficinas de prensa de los gobiernos, incluyendo los occidentales, ya no tienen capacidad ni poder para seguir dorando la píldora o mintiendo a todo el mundo, todo el tiempo. Es un ola gigante de voces que se hacen eco de la verdad de muchos frente a la mentira de unos pocos que ni tan sólo la vieron aproximarse.

Es el tsunami de los invisibles que han dejado de serlo.



[i] (…) Estados Unidos no presume de saber qué es mejor para todo el mundo, al igual que no presumimos de establecer el resultado de una elección pacífica. Pero tengo la creencia inconmovible de que todo pueblo aspira a determinadas cosas: la capacidad de expresarse libremente y codecidir en la forma en que es gobernado; la confianza en el imperio de la ley y en la administración igualitaria de la justicia; un gobierno que sea transparente y que no robe al pueblo; la libertad de vivir como uno decida.

Eso no son sólo ideas estadounidenses, son derechos humanos, y ese es el motivo por el que los apoyaremos en todas partes.

No hay un único camino para cumplir esta promesa. Pero esto al menos está claro: los gobiernos que protegen esos derechos son en última instancia más estables, tienen más éxito y son más seguros. La represión de las ideas jamás logra que éstas desaparezcan. Estados Unidos respeta el derecho de que todas las voces pacíficas y que respetan la ley se hagan oír en todo el mundo, incluso aunque no estemos de acuerdo con ellas. Y saludaremos a todos los gobiernos elegidos y pacíficos, en el supuesto de que gobiernen con respeto para todo su pueblo.

Este último punto es importante porque hay algunos que defienden la democracia sólo cuando están fuera del poder y una vez que llegan a él, son despiadados en la represión de los derechos de otros. No importa dónde tome pie, el gobierno del pueblo y para el pueblo impone una norma única para todos los que están en el poder: debes respetar los derechos de las minorías, y participar con un espíritu de tolerancia y compromiso; debes situar los intereses de tu pueblo y el funcionamiento legítimo del proceso político por encima de tu partido. Sin estos ingredientes, las elecciones por sí solas no constituyen una democracia auténtica. (…)

Discurso completo de Barak Obama en la Universidad de El Cairo


[ii] Jesús A.Núñez. Mediterráneo: el viaje a ninguna parte de la UE Política Exterior Nº136 – julio/agosto 2010


Voluntarios para la limpieza en la Plaza Tahrir, tras la caída del régimen de Mubarak (Foto: Sherif9282)















Ilustración de la masacre de civiles en Libia, por Carlos Lattuf (Río de Janeiro)


Disturbios en Argelia en protesta por el precio de los alimentos (Foto: Magharebia)











Protesta en Sanaa, capital de Yemen (Foto: Sallam)


King faisal highway blocked by protesters. "Game Over&qu... on Twitpic

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3 comments

  1. puede que el discurso de obamita lo tomaran al piede la letra no¿?

  2. Me gustaría conseguir la letra completa en árabe de la canción egipcia de la revolución. Muchas gracias.

  3. Hola Sumy! Si te refieres a «The sound of freedom» sólo encuentro las letras en inglés, y esas ya están incorporadas en el video; Si lograra dar con ellas, no dudes que las colgaría. La de Ramy Gamal «Ya Beladi» está transcrita aquí: http://www.youtube.com/watch?v=ssTSi65dAuo Saludos!

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