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Primavera asesinada

Las imágenes grabadas con móviles desde Egipto ponen los pelos de punta: una muchacha velada, arrastrada por un enjambre de endemoniados que la golpean sin cesar después de vejarla despojándola de su camiseta.
 
A otros jóvenes, tendidos en el suelo, sin posibilidad alguna de defenderse, los bárbaros les saltan por encima, en una violencia sin freno, propia de una mala borrachera, de drogados fuera de sí, una y otra vez. Lo peor de todo es que estos salvajes no son hooligans ni miembros de bandas callejeras de barrios olvidados. Son funcionarios de gobiernos pagados con los impuestos de esos mismos ciudadanos a los que están torturando y matando, e incluso, como en el caso del ejército egipcio, con el dinero recibido durante muchísimos años de los Estados Unidos.
 
Por mucho que la Junta Militar de Egipto trate de echar balones fuera dando la culpa a otros, no parece probable que el uniforme que visten esos desalmados lo hayan obtenido en el Zoco de El Cairo. Aún cuando el ejército egipcio tuvo la deferencia de no atacar a las masas en el momento de la primera revolución en Tahrir (Schlomo Ben Ami lo identifica como una forma de salvaguardar la institución frente a la caída de Barak), las imágenes de estos días nos dan una idea bastante clara del enorme grado y complejidad de reformas que Egipto necesita, en especial, en lo que al ejército y cuerpos de seguridad se refiere.
 
También da la culpa a la “injerencia extranjera” el tirano de Siria, ese oftalmólogo de inglés perfecto y habla pausada y educada en su cara A, que en su cara B, en contraste, es la cabeza visible de un régimen que, según Naciones Unidas, ha asesinado a más de 5000 personas (incluyendo cientos de niños), ha detenido a 14.000 personas y ha motivado el exilio de otras 12.000: aquellos que han logrado salir con vida de las implacables torturas con las que su hermanísimo, Maher Al Assad, comandante de la Guardia Republicana, acoge a los opositores en los centros de detención del país. Desde el inicio de la revuelta siria en el pasado mes de marzo, es constante el goteo de muertos en el país ante la práctica pasividad del mundo entero.

 

Nadie dijo que esta primavera árabe fuera a resultar un camino de rosas, pero me pregunto hasta qué punto la sociedad civil del mundo podrá tolerar que una dictadura torture y asesine a gente que solamente quiere luchar de forma pacífica por su libertad. Cuando se intervino en Libia hace apenas unos meses, mucha gente clamó contra la intervención de la OTAN, algo del todo comprensible puesto que a nadie que esté en su sano juicio puede agradarle las acciones militares (sea cual sea la excusa, siempre acaban muriendo inocentes, no hay forma de evitar eso).
 
Sin embargo, ¿por qué tanto silencio y pasividad ante las imágenes aterradoras que nos acaban de llegar desde Egipto o las que – día tras día – nos confirman que Assad continúa aplastando con su ejército a quienes osan levantarse contra su régimen? ¿Qué hacen quienes clamaron contra la intervención en Libia y ahora se callan? ¿Cambiar de canal?. 
 
Muchos fueron quienes señalaron a los intereses de Francia e Inglaterra por intervenir en aquel país (el petróleo…¿qué si no?) y, sin embargo, ¿cuántos intereses no existen por otro lado para que la “primavera árabe” se convierta en otra “primavera de Praga”? ¿en el sueño colectivo fallido de una generación que ha pagado con su vida y su integridad la defensa de sus derechos civiles y su dignidad?.
 
Estamos de acuerdo en que la ONU no tiene ni mucho menos los instrumentos necesarios para frenar estas sangrías, puesto que los intereses de los miembros del Consejo de Seguridad son dispares y cada uno viste distinto pelaje: entre los miembros permanentes, China es una dictadura que pisotea sin complejos los derechos humanos más elementales, Rusia no es una democracia, y Estados Unidos ha hecho toda la vida de padrino generoso de este ejército egipcio que hoy nos estremece. 
 
En lo que respecta a Siria, desgraciadamente, a nivel particular, los dos primeros, China y Rusia, directamente, la apoyan, y a nivel general, se sigue beneficiando de su situación geográfica, en concreto, de su vecindad y condición de “mejor malo conocido” frente a Israel y de su amistad preferente con Irán, país protagonista de las mayores  tensiones en el área de Oriente Medio – conflicto palestino-israelí aparte – desde  la desaparición de Saddam Hussein, y a la vez, también una dictadura terrible y experimentada en sofocar sus propias revueltas.  Muchos están convencidos de que es mejor no meterse en semejante avispero. Así, Naciones Unidas representa un conglomerado de intereses demasiado complejo para que las resoluciones que su Consejo de Seguridad  – con penas y trabajos – logra consensuar tengan un efecto significativo sobre los abusos que cualquier país pueda cometer.
 
La Corte Penal Internacional de la Haya es un organismo interesante pues su cometido es, precisamente, el de juzgar los crímenes contra la humanidad. Sin embargo, por su propia naturaleza, obra a posteriori y una vez que ya ha podido reunir las pruebas suficientes para documentar la acusación, algo que no siempre resulta fácil en contextos opacos y faltos de libertades. Sin contar el hecho de que países de tanto peso como Estados Unidos, China, Rusia e Israel no reconocen su jurisdicción.
 
Quizás, para que Naciones Unidas se convierta en algo más parecido a lo que desearíamos, debería contar con una mayor representatividad de la sociedad civil del mundo. No es utópico pensar que en unos años podría articularse alguna fórmula en que la creciente sensibilidad ciudadana frente a los abusos de los regímenes dictatoriales pudiese verse reflejada en su diversidad como contrapartida a los intereses de unas minorías gobernantes que demasiado a menudo no resultan confesables. A lo mejor no debiéramos hablar tanto de Naciones Unidas, como de la unión de la gente, más allá de las fronteras que, la mayoría de veces, sólo delimitan unos conceptos abstractos que pueden tener – o no – que ver con los individuos que viven tras de ellas.  ¿Por qué no servirnos de las enormes posibilidades que nos ofrece esa misma tecnología que hace posible que sepamos cuándo y dónde se están cometiendo crímenes contra la humanidad, para construir un mundo más justo, un mundo en que el peso lo tuvieran los ciudadanos y no tanto los estados?.
 
Veo a esa muchacha rota, inerte, como una muñeca de trapo, dulce primavera de sueños ultrajados. Primavera asesinada vilmente por los demonios de la represión. Ella es yo, es cualquiera de nosotros, nuestra hija, hermana, madre, amiga y no puedo dejar de preguntarme: ¿qué podemos hacer, aparte de cambiar de canal?.

 

Nur Sajarah

Fotos:

Muñeca: Pethrus

Rosas: Luís Miguel Bugallo Sánchez

 

 

 

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