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Nuestra personalidad cambia de los 14 a los 77 hasta hacernos irreconocibles

Mira tu foto de adolescente y, aparte de las combinaciones horribles de tu atuendo de entonces, puede que veas trazos de la misma persona, con los mismos rasgos de la personalidad que tienes hoy. Sin embargo, uno de los objetos del debate filosófico y psicológico de hoy en día es, precisamente, el de dilucidar si sigues siendo la misma persona a lo largo de toda tu vida, e incluso, qué es lo que realmente entraña el concepto de individualidad. 

El estudio más largo realizado hasta la fecha y publicado en la revista Psychology and Aging, recientemente destacado por la British Psychological Society, sugiere que en el curso de una vida, del mismo modo que nuestra apariencia física se modifica y nuestras células son reemplazadas de manera constante, nuestra personalidad se transforma hasta hacerse irreconocible.

El estudio empieza con datos de una investigación llevada a cabo en 1950 en 1,208 adolescentes de 14 años en Escocia. Se pidió a los profesores que emplearan seis cuestionarios para puntuar a sus alumnos en seis rasgos de personalidad concretos: autoconfianza, perseverancia, estabilidad emocional, atención al detalle, originalidad y deseo de aprender. Los resultados de todos los cuestionarios fueron aglutinados en un sólo rasgo que se definió como “fiabilidad”. Más de seis décadas después, los investigadores buscaron a 635 de los participantes, de los cuales, 174 consintieron en repetir los tests.

Esta vez, los participantes, que habían alcanzado la edad de 77 años, se puntuaron a sí mismos en los seis rasgos de personalidad y designaron a un amigo íntimo o familiar para que hiciera lo mismo. A grandes líneas, no había demasiada coincidencia respecto a los cuestionarios realizados 63 años antes. “Las correlaciones sugerían que a lo largo de este intervalo de tiempo no se daba una consistencia con ninguna de las seis características estudiadas ni con el factor subyacente, la fiabilidad” sentenciaron los investigadores. “Trabajábamos sobre la hipótesis de que hallaríamos una evidencia de estabilidad incluso en un periodo superior a esos 63 años transcurridos pero las correlaciones obtenidas no apoyaron esta premisa”, añadieron posteriormente.  

Estos resultados fueron una sorpresa para los investigadores ya que los estudios previos sobre personalidad, realizados sobre períodos de tiempo más cortos, parecían indicar lo contrario, es decir, trabajos de varias décadas, enfocados en participantes desde la niñez hasta la mediana edad, o de la mediana edad hasta la ancianidad, mostraban una estabilidad en los rasgos de personalidad. No obstante, este estudio más reciente, realizado sobre un período de tiempo más largo, sugiere una disrupción en la estabilidad de los rasgos de personalidad con el paso de los años.  “Cuánto más largo es el intervalo de tiempo entre los estudios de personalidad, más débil tiende a ser la coincidencia entre los mismos” señala la investigación. “Nuestros resultados indican que, cuando el intervalo de tiempo se incrementa hasta 63 años, apenas existe coincidencia alguna entre un estudio y otro”. 

Quizás nuestra apariencia puede recordar a quienes un día fuimos,
pero… ¿somos realmente los mismos? (Foto: Netshark)

Quizás aquéllos que tenían tendencia a la impulsividad siendo adolescentes agradezcan que ciertos rasgos de personalidad puedan apaciguarse con el paso del tiempo. Sin embargo, resulta desconcertante que nuestra personalidad se llegue a transformar por completo. 

“La personalidad se refiere a los patrones individuales de pensamiento, emoción y comportamiento, junto con los mecanismos psicológicos – escondidos o no – tras esos patrones”, señalan los autores, citando la definición del Catedrático de Psicología David Funder.

Si nuestros patrones de pensamiento, emociones y comportamiento cambian tan drásticamente con el paso de las décadas, ¿puede realmente considerarse que somos de ancianos la misma persona que fuimos de jóvenes?. Atención, porque esta pregunta enlaza con teorías mucho más amplias sobre la naturaleza de nuestro ser. Por ejemplo, existe una línea de investigación en neurociencias que apoya la antigua creencia budista de que nuestra noción de un ser o yo estable no es otra cosa que una ilusión. 

Quizás esto no nos sorprenderá mucho si hemos tenido la experiencia de encontrar un viejo compañero de escuela y nos hemos sorprendido al comprobar que estamos ante una persona completamente distinta a la que recordamos de la niñez. Los indicios indican, en efecto, que a medida que el calendario avanza, el/la adolescente que una vez fuimos podría haberse vuelto igualmente irreconocible.

Fuente: World Economic Forum

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