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Monarquía o república: ética e interrogantes para un tiempo nuevo

Ahora que ya tenemos al flamante Felipe VI como rey es hora de que apuntemos algunas reflexiones una vez superada la avalancha mediática sobre el momento histórico (un poco precipitado por los resultados de las elecciones europeas aunque oficialmente no se haya presentado así).

Es cierto que Juan Carlos I no ha tenido una buena salida en comparación con las largas décadas viviendo en loor de multitudes en que se había desarrollado su reinado. También es verdad que es característica de los ibéricos el pasarnos de un extremo al otro en materia de actitudes y opiniones. Antes Juan Carlos era el angel custodio, el adalid que trajo la democracia en nuestro país, un monarca prácticamente sin defectos (sólo se sabía a nivel popular que era bastante mujeriego), el gran encantador de presidentes, jefes de estado y reyes extranjeros, excelente negociador, relaciones públicas, padre de familia, esposo devoto, deportista, al que  todos sospechábamos – y con razón – se le tapaban muchas cosas por aquéllo de que el blanco de su figura era la garantía de la estabilidad del país. Y es verdad que los medios guardaban un amplio consenso en este sentido.

En los últimos tiempos, sin embargo, a raíz del caso Urdangarín, este statu quo ha dado un giro de 360 grados y Juan Carlos de Borbón ha sido criticado de lo lindo, cuando no abiertamente, sí entre líneas, algo por lo cual su prestigio se ha resentido sin ningún género de dudas. Y con él, lógicamente, el de la monarquía.

Un cambio necesario

El cambio era necesario y en eso seguramente podemos estar todos de acuerdo. La historia y el tiempo pondrá al rey Juan Carlos en su lugar, por encima de todas las crónicas – absolutamente pelotas unas y despiadadas otras – si bien nadie podrá negarle que asumió riesgos considerables cambiando el sistema franquista desde dentro y desatando con habilidad todo aquello que el dictador había dejado “atado y bien atado”. Desde luego, no lo hizo solo, pero hay que atribuirle haber sabido escoger en su momento los compañeros idóneos para ese viaje, destacando por supuesto el mejor presidente de la época contemporánea que ha tenido España, Don Adolfo Suárez. Y contando por encima de todo, con la colaboración de un pueblo  deseoso en su mayoría de enterrar odios pasados y guerras fraticidas.

Ahora bien, el tiempo pasa y, como es bien sabido, su  paso no sienta igual a todos. Sin adentrarnos en la falta de transparencia sobre algunas cuestiones económicas de su reinado (y no hacemos referencia sólo al caso Urdangarín) Juan Carlos ha mantenido actitudes más propias de los reyes de otras épocas con las que una mayoría de la población española actual no comulga ni empatiza.

Esa ejemplaridad que la propia Casa Real admitió debe adornar las cualidades de un monarca no se reconoce hoy en día en alguien que va por el mundo de la mano de dudosas compañías que supuestamente obran en la defensa de los intereses de España, sin un cargo oficial que así lo acredite. O que se entretiene cazando elefantes (o cualquier otro ser vivo que vaya correteando en libertad); o que disfruta viendo cómo torturan y matan a un toro en un espectáculo público. Un rey no sólo debe estar en su tiempo, debe ir por delante del pensamiento y de la ética colectiva de la sociedad, igual que deberían ir los políticos de uno y otro signo. No cumplir este requisito ni de lejos es el principal motivo del descrédito de la clase política hoy en día.

Da la impresión que Felipe VI, menos campechano (dicen) que su padre, tiene una sensibilidad más próxima a su madre, la culta y discreta Sofía, la más valorada en las encuestas, sin duda, por méritos propios. Como dirían en fútbol, las sensaciones son buenas y ahora quedan por delante los noventa minutos de partido. A Leticia, por su parte, le ayudaría superar su tendencia al estiramiento, abandonar un cierto ensimismamiento, esa sonrisa “enigmática”, por no decir antinatural, que te indica que está en horas de trabajo, su inclinación fashionista a lo Rania de Jordania. En una reina de España el estar mona es la anécdota, pero no la razón central para estar ahí.

La nueva princesa de Asturias, Leonor, qué decir, que es un encanto de niña, una verdadera princesita de cuento. Ahora bien, falta saber si de mayor no se rebelará a su destino y entonces…¿su hermana Sofía? ¿La Infanta Elena en la tercera edad?…ehhmmm ¿Froilán???.

Sistemas políticos mejorables

Bien, sí, admitámoslo, la monarquía tiene esto. Los derechos de sucesión se adquieren de nacimiento y ahí entra un factor muy aleatorio que nos puede llevar a una situación algo kafkiana en un momento dado pero, ojo, ¿es la República un sistema mejor?. Escuché hace pocos días en un programa radiofónico que en Francia miraban con cierta envidia eso de que tuviéramos como jefe de estado a alguien que ha estado toda la vida preparándose para ello y que no pertenece a ningún partido político, toda una garantía para arbitrar, moderar el patio político…etc.

Quizás valdría la pena profundizar y estudiar mecanismos que blindasen a la monarquía frente a estas contingencias: si el rey o la reina debe ser el jefe de estado, debe garantizarse siempre que sea el mejor candidato posible, de la misma manera que cuando se escoge a un presidente se haga por sus méritos o su currículum, antes que por su color político.

Democracia y transparencia

Por otra parte, República no es un sinónimo de democracia. Tampoco lo es la monarquía. Hay dictaduras republicanas y dictaduras monárquicas y por supuesto repúblicas democráticas y monarquías parlamentarias.  Tampoco es verdad que la presidencia de una república salga más barata que una monarquía. El presupuesto de la república en Francia asciende a unos 90 millones de euros (sin contar sueldos de empleados que van a cargo de los diferentes ministerios)  frente a los 25 millones que cuesta la Casa Real con todos los gastos incluidos. Además, en España, en 2015, entrará en vigor la Ley de Transparencia a la que se acogerá también la monarquía, lo que nos deberá proporcionar una información exacta sobre lo que cuesta este sistema a los españoles.

Con toda la información en la mano, seguro que críticos y partidarios podrán recabar argumentos para sus causas respectivas, superando leyendas urbanas, teorías conspiratorias, hipótesis varias sobre lo que pudo ser y no fue, complejos de inferioridad colectivos y descontentos ad aeternum..

 

 

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