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Lapidación

La paja en el ojo ajeno

En más de una ocasión, viendo en las noticias cómo se comporta una turba enfurecida de personas de algún país islámico, he oído términos despectivos hacia su forma de proceder, respecto de la forma de exteriorizar sus sentimientos y sus creencias.

Ciertamente hay en nuestro país muchas personas que se creen moralmente superiores. Legitimadas plenamente para criticar a aquellos por su proceder tumultuoso y borreguil. Y no seré yo quién intente disculpar la violencia gratuita o ese lenguaje corporal más propio de hombres prehistóricos que se puede apreciar en los reportajes, pero si recomendaría a más de uno que antes de hacer notar la paja en el ojo ajeno, tenga a bien examinar la viga del suyo propio.

 

Y es que viendo imágenes de cómo año tras año se comportan algunos españoles en parajes que ya forman parte de la vergüenza colectiva de nuestro país, como los encierros en el campo de Galápagos (Guadalajara), o el toro alanceado de la Vega en Tordesillas (Valladolid), uno no puede por menos que establecer ciertas comparaciones y similitudes. Y he citado dos ejemplos, conocidos ampliamente, por no querer citar tantos y tantos pueblos donde tienen por costumbre emprenderla a patadas y puñetazos con vaquillas o becerros, con verdaderos preadolescentes de toro, e incluso donde chavales sin experiencia los perforan una y otra vez por cualquier sitio.

 

Algún lector avezado, llegados a este punto, me querrá espetar que no es comparable la pública lapidación de una mujer, o el apaleamiento hasta la muerte de dos adolescentes confundidos con ladrones, con la tortura de un toro perseguido e instigado con vehículos de todo tipo y recibiendo toda suerte de golpes, o la de otro perseguido también por una turba a caballo y a pié, eso si, armados ellos con unas lanzas de más de dos metros. Ciertamente la especie del torturado y asesinado no es la misma, pero no tengo duda de que las connotaciones violentas son idénticas, y el componente de aborregamiento también. Es evidente que una sola persona, sin el soporte de otras muchas igualmente cegadas y jaleadas mutuamente, no se atrevería ni a una cosa ni a la otra.

 

Pero es que tampoco hay que ser muy agudo para entender que la violencia engendra violencia. Que la permisividad, y porqué no decirlo, la promoción pública también, de espectáculos y fiestas en que se maltrata hasta la muerte a un ser vivo, son un caldo de cultivo excelente para alimentar otros comportamientos violentos, para justificar que determinada violencia es lícita, para elevar el umbral de lo permitido hasta un nivel peligroso.

 

 

Solo así puede entenderse lo que ha sucedido en Sacedón (Guadalajara), donde unas doscientas personas que participaban en otro de esos encierros en el campo, han estado a punto de linchar a tres activistas de Igualdad Animal que desplegaron una pancarta contra este tipo de “fiesta”, y a dos periodistas de Telecinco que cubrían la noticia. Los dos Guardias Civiles presentes en el lugar se tuvieron que emplear a fondo para que una turba de borregos enloquecidos no causase mayores males a esas personas. Tanto los reporteros (a uno de ellos lo tiraron por un terraplén de unos 100 metros) como los activistas, sufrieron daños físicos, además de insultos y daños en uno de los vehículos.

 

Eso es lo que tiene elevar el umbral de la violencia permisible, que hay personas que se confunden y se creen que todo el monte es orégano. Porqué realmente viendo esas imágenes de un intento de linchamiento público en Sacedón y la de los dos adolescentes de Sialkot (Pakistán) apaleados hasta morir, a uno le queda la sensación de estar viviendo dos historias de similar calado, eso si, con una diferencia, a los jóvenes paquistaníes los confundieron con unos atracadores a mano armada, a los activistas y reporteros de Sacedón los atacaron por hacer uso de su libertad de expresión, por mostrar una pancarta con su disconformidad, y por dar cobertura informativa al acto.

 

Las imágenes de Sialkot han indignado y angustiado a los pakistaníes, que se preguntan si años de descuido por parte del Estado han brutalizado a la sociedad.


Toro alanceado en Tordesillas

Aquí debiéramos preguntarnos si años de promoción pública de corridas de toros y fiestas en que se tortura y mata a un ser vivo, no han contribuido tambiéna brutalizar a una parte de la población. O eso, o es que realmente vivimos en un país de chulos, violentos, crueles y descerebrados, que no dudan en utilizar la violencia cuando carecen de argumentos, o capacidad para esgrimirlos de forma civilizada, y sobre todo, cuando se sienten respaldados por unos cuantos más de su misma catadura moral.

 

Espero que sea lo primero, pues tiene solución: legislar para abolir ese tipo de divertimentos. Si fuese lo segundo, solo cabe esperar que las nuevas generaciones sean más cerebrales y menos violentas. Claro que para conseguirlo habrá que esmerarse en la educación de los jóvenes, entre otras cosas, no lanzando mensajes contradictorios que los confundan. En consecuencia también sería deseable abolir y prohibir ese tipo de festejos incomprensibles en la época que estamos viviendo.

 

Es decir, que al final, sea cual fuere el problema de este país respecto a las conductas violentas y descerebradas de algunos, la solución siempre parece pasar por lo mismo: no permitir espectáculos públicos donde se maltrate a un ser vivo, sea de la especie que sea. Legislar para dejar claro que la violencia gratuita hacia cualquier ser dotado de vida no es tolerable, no es ética, y es condenable.

 

 

Por Carles Marco Morellón

Carles Marco es concejal por el PSC del Ayuntamiento de Sant Cebrià de Vallalta (Barcelona). De profesión informático especializado en ingeniería y diseño de software, destaca por sus reflexiones pacifistas y de defensa de los animales en su blog Carles Marco (Sant Cebrià de Vallalta), muy seguido a través de las redes sociales.

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