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La lucha de clases en Turquía

 Por Ian Buruma, Profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en el Bard College.

  Traducción: Carlos Manzano

NUEVA YORK – Una interpretación de  las manifestaciones antigubernamentales que ahora agitan algunas ciudades turcas  es la de que se trata de una protesta en masa contra el islam político. Lo que  comenzó como una concentración contra los planes oficiales de arrasar un pequeño  parque en el centro de Estambul a fin de dejar espacio para un centro comercial  kitsch no tardó en convertirse en un conflicto de valores.

¿De qué va esta protesta?

Superficialmente, la lucha parece  representar dos concepciones diferentes de la Turquía moderna, la secular contra  la religiosa, la democrática contra la autoritaria. Se la ha comparado con  Occupy Wall Street. Algunos observadores hablan incluso de una  “primavera turca”.

Está claro que muchos ciudadanos  turcos, en particular en las ciudades grandes, están hartos del estilo cada vez  más autoritario del Primer Ministro, Recep Tayyip Erdoğan, su férreo control de  la prensa, su gusto por las nuevas mezquitas grandiosas, las restricciones del  alcohol, las detenciones de disidentes políticos y ahora la reacción violenta  contra las manifestaciones. La gente teme que la ley de la sharia substituya a la legislación secular y que el islamismo acabe con los frutos del  impulso modernizador de Kemal Atatürk en la Turquía postotomana.

ERDOGAN
Erdogan ha mostrado al mundo su lado más autoritario

Además, hay que tener en cuenta la  cuestión de los alevis, minoría religiosa vinculada con el sufismo y el chiísmo.  Los alevis, que habían estado protegidos por el secular Estado kemalista,  desconfían profundamente de Erdoğan, quien los intranquilizó aún más al  proponerse bautizar un nuevo puente sobre el Bósforo con el nombre del sultán  del siglo XVI que perpetró una matanza contra sus antepasados.

Así, pues, la religión parece ser el  núcleo del problema turco. Los oponentes del islam político lo consideran  inherentemente antidemocrático.

Las dos Turquías

Pero las cosas no son tan sencillas.  El secular Estado kemalista no era menos autoritario que el régimen islamista  populista de Erdoğan: si acaso, lo era más. Y también es significativo que el  motivo de las primeras protestas en la plaza Taksim de Estambul no fuera el  proyecto de una mezquita, sino de un centro comercial. El miedo a la ley de la  sharia no va a la zaga de la rabia ante la rapaz vulgaridad de los  constructores y empresarios respaldados por el gobierno de Erdoğan. En la  “primavera turca” hay una fuerte inclinación izquierdista.

Así, pues, en lugar de explayarnos  sobre los problemas del islam político contemporáneo, que son, desde luego,  considerables, podría ser más fructífero examinar los conflictos de Turquía  desde otra perspectiva, que ahora, claramente, no está de moda: la clase social.  Los manifestantes, ya sean liberales o izquierdistas, suelen pertenecer a la  minoría selecta urbana: occidentalizada, refinada y secular. Por otra parte,  Erdoğan sigue siendo muy popular en la Turquía rural y provincial, entre  personas menos instruidas, más pobres, más conservadoras y más religiosas.

Pese a las tendencias autoritarias de  Erdoğan, que son evidentes, sería engañoso considerar las protestas actuales  como un simple conflicto entre la democracia y la autocracia. Al fin y al cabo,  el éxito del populista partido Justicia y Desarrollo de Erdoğan, además de la  presencia en aumento de símbolos y costumbres religiosos en la vida pública, es  consecuencia de más –y no de menos– democracia en Turquía.

Costumbres que el secular Estado  kemalista suprimió –como, por ejemplo, el uso por parte de las mujeres de  pañuelos para la cabeza en los lugares públicos– han reaparecido, porque los  turcos rurales tienen más influencia. En las universidades urbanas están  apareciendo jóvenes religiosas. Ahora los votos de los turcos de provincias  cuentan.

 Asimismo, la alianza entre  empresarios y populistas religiosos no es exclusiva precisamente de Turquía.  Muchos de los nuevos empresarios, como las mujeres con pañuelos en la cabeza,  proceden de pueblos de Anatolia. Esos nuevos ricos provincianos sienten rencor  de la antigua minoría selecta de Estambul tanto como los empresarios de Texas o  Kansas aborrecen a las minorías selectas de la costa oriental: de Nueva York y  Washington.

La democracia, con otro prisma

Pero decir que Turquía se ha vuelto  más democrática no es decir que se haya  vuelto más liberal. Ése es también  uno de los problemas revelados por la “primavera árabe”. Dar voz y voto a todas  las personas en el gobierno es esencial para cualquier democracia, pero esas  voces y votos –en particular en épocas revolucionarias– raras veces son  moderadas.

IsaiahBerlin
El filósofo e historiador británico nacido en Estonia, Isaiah Berlín

Lo que vemos en países como, por  ejemplo, Egipto y Turquía –e incluso en Siria– es lo que el gran filósofo  liberal británico Isaiah Berlin denominó la incompatibilidad de bienes iguales.  Es un error creer que todos los bienes se armonizan siempre. A veces bienes  iguales chocan.

Así es en las dolorosas transiciones  políticas de Oriente Medio. La democracia es buena y también lo son el  liberalismo y la tolerancia. Desde luego, idealmente coinciden, pero ahora  mismo, en la mayoría de los países de Oriente Medio, no. Más democracia puede  significar en realidad menos liberalismo y más intolerancia.

Resulta fácil simpatizar con los  rebeldes contra la dictadura de Bashar Al Assad en Siria, por ejemplo, pero a  las clases altas de Damasco, a los hombres y mujeres seculares que disfrutan con  la música y las películas occidentales, algunos de ellos miembros de las  minorías religiosas cristiana y alauí, les resultará muy difícil sobrevivir, una  vez que Assad haya desaparecido. El baasismo era dictatorial y opresivo –con  frecuencia de forma brutal–, pero protegía a las minorías y a las minorías  selectas seculares.

Pero mantener a raya el islamismo no  es una razón para apoyar a los dictadores. Al fin y al cabo, la violencia del  islam político es en gran medida un producto de esos regímenes opresivos. Cuanto  más tiempo sigan en el poder, más violentas serán las rebeliones islamistas.

Tampoco es ésa una razón para apoyar  a Erdoğan y sus constructores de centros comerciales contra los manifestantes en  Turquía. Estos últimos tienen razón en oponerse a su altanera desconsideración  para con la opinión pública y su represión de la prensa, pero considerar el  conflicto como una lucha justa contra la expresión religiosa sería un error  igualmente.

Un mayor relieve público del islam es  el resultado inevitable de más democracia en los países de mayoría musulmana. La  de cómo impedir que eso acabe con el liberalismo es la cuestión más importante  que afrontan los países de Oriente Medio. Turquía sigue siendo una democracia.  Es de esperar que las protestas contra Erdoğan la haga más liberal también.

Fuente: Project Syndicate

 

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