La guerra de Afganistán en perspectiva


Por José Luís Gordillo, Profesor de Filosofía del Derecho de la UB y redactor de la revista mientras tanto


Helicóptero Chinook transporta tropas y provisiones a las montañas del Este de Afghanistan (Foto: Michael L.Casteel)

El próximo 7 de octubre se cumplirán diez años del inicio de la intervención occidental en Afganistán. Ésta consistió, en la práctica, en atizar el fuego de una guerra civil comenzada 9 años antes por la vía de apoyar a un bando, el de los señores de la guerra de la Alianza del Norte, contra el otro, el de los Talibanes. En un primer momento pareció posible la victoria definitiva de los primeros sobre los segundos, pero a partir de 2006 empezó a quedar claro que los derrotados de 2001 no lo habían sido totalmente. Desde entonces, la guerra civil se ha recrudecido y tiene toda la pinta de poder durar, como mínimo, 20 años más. La otra consecuencia de la acción bélica occidental ha sido extender la guerra al vecino Pakistán, un Estado que posee armas nucleares.


A más guerra, más sufrimiento. Según cálculos conservadores, en Afganistán han muerto 25.000 personas de forma violenta durante los últimos diez años, de las cuales sólo 2.300 han sido soldados ocupantes (entre los que se cuenta casi un centenar de soldados españoles). De todas esas muertes son co-responsables Bush II, Obama, Blair, Brown, Cameron, Aznar, Chirac, Sarkozy, Berlusconi, Zapatero, Schröder, Merkel y otros gobernantes occidentales. Todos ellos son culpables, asimismo, de haber derrochado miles de millones de dólares y euros en esa desatrosa aventura imperialista. Todavía hoy mantienen ese dispendio criminal mientras, por otra parte, recortan pensiones, gasto sanitario, subsidios al desempleo, inversiones en educación, etc., para calmar –dicen- el hambre insaciable de “los mercados”. Éstos, curiosamente, nunca exigen reducir el gasto militar para contener el endeudamiento público. Por lo que parece, los mercados sienten una predilección especial por los cañones y cierta repulsión por la mantequilla, para recurrir al famoso dilema planteado por el economista Paul A. Samuelson.


¿Hay alguna causa noble que pueda justificar tantas muertes, tanto sufrimiento y tanto sacrificio económico? Los gobiernos de la OTAN durante la última década han invocado una panoplia de santas palabras para intentar convencernos de que sí la había: ayuda humanitaria, pacificación, desarrollo, seguridad, implantación de la democracia o liberación de las mujeres, entre otras. Claro que la canciller alemana Ángela Merkel reveló, en el transcurso de una discusión parlamentaria en el otoño de 2009, que la verdadera finalidad de la guerra de Afganistán era garantizar el acceso a los recursos energéticos de Asia Central[1]. El problema es que todas las grandes palabras mencionadas, al igual que la causa aducida por Ángela Merkel, están muy lejos del que se presentó como el motivo primigenio de la invasión.


Como es sabido, la intervención de 2001 fue legitimada como una respuesta a los atentados del 11 de septiembre de 2001 cuya responsabilidad el gobierno de EE.UU atribuyó a Bin Laden y sus seguidores de Al Qaeda, añadiendo que todos ellos se encontraban escondidos en Afganistán. ¿En qué pruebas se apoyó esta acusación?

Marines irrumpen en un domicilio afghano en misión "Libertad duradera"

Vale la pena recordar que la imputación a Bin Laden se hizo en la mismísima mañana del 11-S, antes, incluso, de que se derrumbaran los edificios del WTC[2]. Es por eso que el 12 de septiembre de 2001 todos los grandes medios de comunicación occidentales señalaron a Bin Laden como el artífice de los atentados[3]. A todas luces, esa acusación no se fundamentaba en investigación alguna, lo cual debería escandalizar a todo el mundo. Para darse cuenta de la gravedad de este hecho, se puede pensar en una situación imaginaria alternativa en la que, en vez de acusar a Bin Laden, se hubiera acusado a los servicios secretos de algún gobierno “hostil”, como los de Cuba, Venezuela, Irán, Rusia, China, o al propio gobierno estadounidense. Así, sin más, sin haber investigado nada.

Que eso era una temeridad, quedó demostrado unos pocos días después. El 25 de septiembre de 2001, The New York Times informó que el FBI no tenía pruebas que permitiesen relacionar a Bin Laden con los atentados[4]. Esas pruebas tampoco las encontraron en los 11 días que faltaban para que comenzara el ataque a Afganistán, ni en los diez años posteriores. De forma reiterada, el FBI ha declarado durante todos este tiempo que nunca ha encontrado pruebas contra Bin Laden[5]. Por eso no lo acusa en su página web de ser el responsable del 11-S, algo que puede comprobar todo el mundo recurriendo a internet[6]. Para el FBI, ningún vídeo del videoladen, como le llaman algunos, se puede considerar algo parecido a una prueba.

Ahora bien, en septiembre de 2001 había más problemas. Por un lado, el 18 de septiembre el mismo Richard Cheney había dicho que no estaba seguro “de que Bin Laden estuviese todavía en Afganistán”[7]. Una duda razonable pues tanta insistencia en que estaba escondido en Afganistán podía haber provocado su huida de ese país. Por otra parte, el 20 de septiembre de 2001 El País informaba: “El espionaje militar israelí acusa a Irak de patrocinar los atentados contra EE.UU”, para añadir en el texto de la noticia: “Dichas fuentes [del espionaje israelí] sostienen que el jefe del espionaje iraquí es Qusai Hussein, hijo de Sadam, y que es muy probable que su organización esté implicada en los atentados.” Una “información” considerada fiable por James Woolsey, antiguo director de la CIA, en las páginas de The Wall Street Journal el 18 de octubre de 2001.

Por si esto no fuera suficientemente desconcertante, el 16 de septiembre Bush había anunciado en rueda de prensa que la respuesta a los atentados consistiría, no solamente en una guerra contra Al Qaeda, sino en “una guerra global y larga contra varios países que acogen grupos terroristas”[8]. Según Donald Rumsfeld, esos países eran unos 60 contando por lo bajo, lo que equivalía a más de la cuarta parte de los Estados existentes. Si esto ya hacía dudar de la buena fe de Bush y sus cómplices, todavía era más alarmante el hecho de que el 99% de los grupos terroristas aludidos en ese anuncio no tuvieran nada que ver con el 11-S.

Soldados norteamericanos y afghanos patrullando la provincia de Nuristán.

Cuando Bush dio la orden de atacar Afganistán, envió una carta al Secretario General de las Naciones Unidas en la que le comunicaba que lo había hecho en ejercicio del derecho a la legítima defensa, pero advirtiendo que: “…una vez avancen las investigaciones acaso lleguemos a la conclusión de que nuestra legítima defensa requiere más acciones contra otras organizaciones y otros Estados.”[9]

Por tanto, el 7 de octubre de 2001 el gobierno de EE.UU ordenó atacar Afganistán sin haber concluido sus investigaciones sobre el 11-S. Todo el mundo tenía la absoluta certeza de que su responsable era Bin Laden aunque el FBI no podía aportar pruebas de ello. Se atacaba Afganistán a pesar de que era probable de que Bin Laden y sus seguidores ya no estuviesen allí porque hacía semanas que, a bombo y platillo, se venía anunciando el ataque. Por su parte, el espionaje israelí señalaba a Sadam Hussein como patrocinador de los atentados. Y, a modo de guinda, la junta de Bush, aprovechando que el Potomac pasa por Washington, había declarado una guerra “larga” contra 60 Estados aduciendo que daban cobijo o financiación a decenas de grupos terroristas que no tenían absolutamente nada que ver con el 11-S. ¿Quién se podía tomar en serio semejante sarta de despropósitos? Respuesta: entonces y ahora, el 90% de los gobernantes del mundo.

En cualquier caso, este cúmulo de desatinos excluía la posibilidad legal de apelar, ni siquiera retóricamente, al derecho a la legítima defensa del artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas. Declarar una guerra global e indefinida contra el “terrorismo internacional”, esto es: ¡contra un concepto!, no se podía considerar propio de personas cuerdas ni, mucho menos, proporcional al daño causado. Por otro lado, el gobierno de los EE.UU no presentó ni una sola prueba de lo que decía al Consejo de Seguridad de la ONU, el único organismo que podía autorizar el uso de la fuerza según el Derecho Internacional. Es más: por no hacer, ni siquiera se molestó en montar una pantomima semejante a la que protagonizaría Colin Powell un año y medio después para intentar justificar la invasión de Iraq. Por último, la legítima defensa se dirige, obviamente, contra quien te ataca, y el gobierno de los EE.UU nunca acusó a los talibanes de ser los autores del 11-S, sino de dar refugio a Al Qaeda que es algo muy distinto desde un punto de vista jurídico.

La única conclusión que cualquier persona sensata podía extraer de todas estas “informaciones” era que el gobierno de los EE.UU había orquestado una monumental ceremonia de la confusión para llevar a la práctica una agenda política pensada y decidida con mucha anterioridad al 11-S. Esa ceremonia sirvió -y sirve todavía- para dar cobertura ideológica a dos guerras que han provocado centenares de miles de muertos y para proceder a un drástico recorte de nuestros derechos y libertades.



[1] La Vanguardia, 16 de diciembre de 2009.

[2] Ver vídeo en http://investigar11s.blogspot.com/2010/01/911-como-nos-vendieron-la-moto.html

[3] Entre otros ver, por ejemplo, El País del 12 de septiembre de 2001.

[4] En España El País del 26 de septiembre de 2001 se hizo eco de la noticia.

[5] Ver Ed Hass, “No hard evidence connecting Bin Laden to 9/11” en Muckraker Report, 6 june de 2006, www.muckrakerreport.com/id267html

[6] Ver http://www.fbi.gov/wanted/wanted_terrorists

[7] El País, 18 de septiembre de 2001.

[8] El País, 17 de septiembre de 2001.

[9] Ver A. Remiro, Derecho Internacional, Tirant lo Blanch, Valencia, pág. 1142.

 

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