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Islamistas frente a mercados

En el ensayo del excelente Hugh Roberts en la edición de la semana pasada del London Review of Books, sostenía una opinión bastante generalizada: “La religión ha tenido poco que ver con los levantamientos acaecidos en Túnez y Egipto.” Pero para cualquiera que siga con atención los acontecimientos de la primavera árabe, ésta podría parecer una conclusión absurda. Después de todo, son precisamente los partidos religiosos quienes están saliendo muy bien parados con las nuevas circunstancias.

Evitaremos hablar de “religión, un término muy difícil de definir, sobre todo cuando se trata de analizar unos movimientos volátiles y complejos, que ni siquiera tienen aún un año de edad. Pero vamos a ver dónde estamos, electoralmente hablando.

En Marruecos, las elecciones recientes han presentado un partido islamista con el mismo nombre que el partido gobernante de Turquía – con el que, sin embargo, no tienen ninguna conexión – y el rey, además, ha nombrado a un islamista como primer ministro. El rey de Marruecos, al verse rodeado de primavera árabe a su alrededor, ha impulsado las reformas para adelantarse a cualquier levantamiento en su país.

En Túnez, los islamistas ganaron la mayoría de los votos, y las noticias de Egipto indican que el Partido Libertad y Justicia, de los Hermanos Musulmanes  y el principal partido salafista, al-Nour, van en cabeza. (la web de Jadaliyya tiene información detallada sobre los resultados). Se realizarán tres rondas de votación para la Cámara Baja del Parlamento egipcio, por lo que los resultados hasta el momento sólo reflejan la primera ronda. Por otra parte, habrá procedimientos separados para la cámara alta y para la presidencia.

Por supuesto que Egipto sigue aún bajo el control del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF); los manifestantes se concentraron en Tahrir a finales de noviembre para exigir su dimisión inmediata, si bien estas protestas no disuadieron a la mayoría de los egipcios de votar: las últimas estimaciones  de participación están en el 70 %.

Estos resultados han provocado en muchos analistas la sensación de que los acontecimientos les están dando la razón cuando predijeron que la primavera árabe se convertiría en una revolución islamista, y apuntan a los resultados de las elecciones como una prueba de ello. Yo no estoy tan convencido. En parte, porque veo una distinción entre partidos islamistas y la creación de una estructura política islamista, ya que, mientras que un partido de gobierno puede ser más conservador en el aspecto religioso, ello no indica necesariamente que sea capaz de cambiar la estructura del gobierno en sí.

Egipto, como Túnez, parece haber llegado a un consenso en torno al significado de una gobernanza “civil”, es decir, no un gobierno militar, tampoco islamista, ni explícitamente laicista.

Por otra parte, existen, por descontado, toda una serie de razones de índole práctica para que los partidos islamistas hayan obtenido tan buenos resultados: están bien organizados, tienen buenos programas de servicios sociales y beneficencia, y se han ganado el respeto de muchos de sus conciudadanos por todos los años en que han estado haciendo frente a la opresión, la discriminación y tortura sistemática. Pero una vez que estén realmente en el gobierno, serán juzgados por su desempeño, y no por sus apelaciones a la identidad, que resultan mucho más convincentes cuando no se está en el poder. De todos modos, lo han hecho bien, aunque no hayan arrasado en las urnas. Y en el caso de Egipto, la Hermandad podría terminar compitiendo con un partido que ideológicamente es más incómodo, los salafistas, aunque a nivel de organización y de apoyo popular resulten menos intimidantes.
Pero la cuestión que en este momento es de más importancia es que los partidos islamistas han reubicado sus programas electorales desde un conjunto de valores islámicos, que a menudo se identifican con las políticas de identidad, y por lo tanto como relativas a lo individual y social, no a lo político, en torno a temas como la ley de familia, la modestia y el comportamiento religioso en espacios públicos, a otro conjunto de valores también islámicos, pero que se prestan mejor a la política electoral y de gobierno: una política limpia, transparencia, progreso económico y bienestar social. Es difícil ver cómo los grupos salafistas llegarán a alguna parte con sus rígidas exigencias de imponer su  (impopular, estrecha e, históricamente, poco generalizada) interpretación de la Sharia.

Predecir el Futuro

Siendo realistas, no tengo ni idea de adónde llevarán a sus países estos partidos. Creo que, en el caso de Egipto, mientras que el Partido Libertad y Justicia no tendrá más remedio que apoyar una política democrática, no pretenderá implantar una democracia liberal, pues, después de todo, es un partido conservador. Creo además que Túnez está, a corto plazo, en condiciones mucho mejores que Egipto, y su partido islamista tiene una posición más matizada y lista para acceder al gobierno.
Si los Hermanos Musulmanes se convierten en la fuerza política dominante, de manera inmediata y tal vez continuada deberán operar en una situación de desventaja: muchas potencias de todo el mundo (en concreto, las occidentales, pero también algunos países árabes y musulmanes) desconfiarán de su gobierno, sin importar cuál sea su programa.

Predecir el futuro aún un poco más

También creo que el valor de estas democracias quizás esté  cubierto de un halo romántico. En estos momentos nos encontramos en una situación global en la cual las democracias occidentales de larga trayectoria se ven totalmente impotentes frente a las finanzas internacionales. ¿Quién piensa seriamente que Grecia, Italia, España, Irlanda o Islandia, o incluso el Reino Unido y Alemania, tienen un consenso democrático interno? ¿Quién piensa seriamente que la gente de esos países tiene opciones significativas de influir de algún modo en la forma en que sus países van a responder a la crisis económica actual que afecta a toda una serie de políticas y prioridades sociales internas?

¿Y qué posibilidades tiene el mundo árabe de ser diferente? El origen de gran parte de los recientes disturbios en el mundo árabe se encuentra en la desigualdad de ingresos, en la injusticia, en el autoritarismo y el estancamiento económico. Ningún país en el mundo, incluido Estados Unidos, puede aplicar actualmente una política nacional independiente de los mercados financieros internacionales. Y mucho menos el mundo árabe, teniendo en cuenta su mayor nivel de pobreza y menor índice de desarrollo. Y siendo ése el caso, ¿qué diferencia marca el hecho de que exista un gobierno  u otro?. Ya sea de izquierdas o de derechas, el mercado siempre parece tener las de ganar.

Aquí es donde en realidad yo situaría la mayor amenaza para la democracia árabe, y la tentación de caer en una cierta forma de autoritarismo, vieja o nueva. A medida que la gente de la región se enfrente a la realidad de que tienen poco que decir sobre la política económica a seguir, y se vean obligados a adherirse a las contingencias del capitalismo global, es probable que se sientan inmensamente frustrados por el desarrollo de los acontecimientos y exijan algo diferente. Teniendo en cuenta la volatilidad en que han derivado la política europea y estadounidense, y la frecuencia en que vemos ahora protestas callejeras, incluso en países supuestamente estables, ¿cuánto más no puede esperarse de estas nuevas democracias?

 Y, por cierto, el Partido Libertad y Justicia, al igual que el AKP de Turquía, es un partido conservador, que propugna el libre mercado, por lo que, en este contexto, puede ser el más adecuado para gobernar, a pesar de que Egipto – también como Turquía – goza de un consenso social mucho más amplio en torno a las políticas de bienestar social y obligación mutua que el existente en Estados Unidos (sin llevar demasiado lejos las implicaciones económicas de las tesis de extrema derecha). No obstante, y tal vez de forma inesperada, es la ideología económica la que podría dar ventaja a ciertos partidos, por muy distantes que estas simpatías se encuentren de las populares  reivindicaciones socialistas, las cuales – por lo que estamos viendo – son cada vez menos relevantes para los gobiernos en el poder. Sin embargo, lo que puede ser favorable para algunos islamistas a corto plazo, es muy posible que, en última instancia, les acabe alejando por completo de sus bases populares.

Haroon Moghul es miembro del Instituto de Política Social y el Entendimiento, editor de la revista mensual República Islámica y Doctor en Filosofía en la Universidad de Columbia. Colabora con CNN, BBC, Canal de Historia, al-Jazeera, Tikkun y otros medios. Es autor de The order of Light (Penguin, 2006).

Fuente: Religion Dispatches

Fotografías elecciones de Egipto: Omar Havana, fotoperiodista

 

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