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Hemos visto a Indiana

Varios días sin dormir por los nervios y la emoción, una dieta a base de piña, alcachofa y semillas de maracuyá, sesión de manicura, pedicura, peluquería, baño relajante, ampollas flash 48 horas, blanqueador de dientes con cáscara de plátano, pestañas postizas, esencia de flores silvestres con notas ámbar, loción corporal con aceites esenciales, faja milagro Maidenform, vestido negro ceñido con fantasías de blonda de Katarina Grey, botines plateados de Kim Gucci, maxi pendientes con circonitas de Lannel, bolsito fantasía nocturna de Adolfo Domínguez…la casa por la ventana…y MÁS!!.

Así estaba yo el pasado jueves, en la noche de nuestras vidas. El loco del pelo rojo, Pablo Motos, nos trajo in person al sueño de todos los sueños, a la última estrella viva del firmamento cinematográfico, de cuando Hollywood aún era Hollywood, al icono masculino del siglo XX y parte del XXI, al hijo de inmigrantes nacido en el Chicago multicultural de los años 40 para encarnar al héroe de la humanidad durante muchas generaciones.

Porque no existía memoria de que el gran Harrison Ford hubiera aterrizado jamás en un talk show de nuestro país, nunca habíamos visto desenvolverse en directo para el público español al legendario aventurero Indiana Jones, el culpable de que la juventud de Occidente se perdiera durante décadas en los laberintos de la arqueología, aunque no se lograra dar con el Arca de la Alianza ni por asomo; al inquietante Rick Deckard, aquel implacable perseguidor de devastadores replicantes tan próximos al alma humana  que conmocionaron al mundo en Blade Runner; al imponente y encantadoramente desastrado piloto Hans Solo con el que muchas soñamos perdernos en cualquier rincón remoto de cualquier galaxia sin identificar; al irresistible policía gruñón de Único Testigo, por el que la bellísima mormona Kelly McGillis, a poco que la hubieran dejado, se hubiera encasquetado una minifalda cinturón y un escote de vértigo.

Y allí apareció él, a eso de las diez menos diez de la noche con esa expresión de perplejidad, particular sentido del humor e indisimulable timidez que también caracterizó a todos y cada uno de sus personajes, si bien todo ello multiplicado por mil si cabe en su personaje real.  No nos dejó ninguna duda de que toda su galería de héroes quedó impregnada de una parte muy suya, un conglomerado único de timidez, una pizca de fobia social y a la vez, una gran preocupación por las cosas que nos afectan como comunidad. Porque era evidente que a nuestro Harrison le interesaban más bien poco las preguntas relacionadas con su inconmensurable fama y sus papeles cinematográficos y sólo llegó a soltarse y a mostrarse implicado y concernido cuando se le preguntó por temas relacionados con el medio ambiente. Del mismo modo que también sonó absolutamente sincero cuando dijo que su principal forma de pasarlo bien era estar en casa, pendiente de si uno de sus hijos – suponemos el único niño pequeño que le queda a su custodia – hiciera los deberes.

Mientras, yo, emocionada, desde mi casa, y ataviada con toda mi parafernalia, no podía dejar de pensar que los adolescentes que le estuvieran viendo en aquel momento, estaban viendo a un hombre mayor, grandullón y un poco rarete al que Pablo Motos trataba por todos los medios de sacar de su planeta, como si de un auténtico personaje de Saint-Éxupéry se tratara. Sabiendo además que, no hace mucho, mi amadísimo – probablemente a su pesar – Indiana le ha pedido a sus agentes que ya le vayan dejando en paz, que es hora de que no le pasen más guiones, porque se quiere morir tranquilo, de viejo, en casa y con la gente que de veras le importa.

Aunque, eso sí, el sabe muy bien que hay una parte de su vida que ya no le pertenece. Que es mía, nuestra, de todos, porque está en las vivencias, sueños y anhelos de aquellas primaveras de adolescencia y juventud en las que soñamos que un aventurero como él se nos cruzaría en el camino para rescatarnos de las rutinas del mundo real y llevarnos a vivir legendarias y trepidantes aventuras.

Poco importa que el jueves apareciera un viejete con ganas verdaderas de esconderse detrás de cualquiera de las partituras de la impresionante orquesta sinfónica en directo que El Hormiguero le puso a sus pies. A nuestros ojos será para siempre el más bello y carismático prototipo varonil cinematográfico desde los años 80, el mito que nos volvió locas durante décadas y con el que nadie, ni el más peripuesto de los divos, resistió la más mínima comparación. Después, por supuesto, han venido otros, pero ninguno como él. Junto a él, hemos visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. Hemos visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia…Es hora de morir.

 

 

IndianaJones

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