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¡Gracias Whitney!

Hoy supimos que se había ido. En una habitación de hotel, sola, sin razones aparentes, sin despedidas. Whitney Houston, la voz, el espejo de varias generaciones de mocitas de finales del XX que quisimos imitarla; todas las que, de un modo u otro, suspirábamos por la música, por cantar, hacíamos nuestras sus canciones: algunas en casa, o en karaokes; las más afortunadas, desde la profesión, en salas de fiestas, acompañadas de orquestas, pero todas, en algún momento, quisimos ser como ella. Desde luego, guapas como ella pero, sobre todo, tener lo que ella tenía: aquella voz… que no es que llegara a la nota, es que  la agarraba directamente y sin contemplaciones y la ponía en el punto de luz más álgido, allí donde sólo alcanzan a ponerla los ángeles. Con total seguridad y sin esfuerzo aparente. Su voz era el poder, era un plante a la vida, al amor y al sursum corda, que aquí estoy yo, guapa, negra, joven, moderna y rebosante de talento.

Pero también susurraba como los ángeles, lográndonos emocionar y estremecer. Whitney hacía lo que quería y lo hacía porque lo sentía. No era un producto de márketing, era la misma niña que un día puso en pie, una mañana de domingo, con sólo 11 años, a los fieles de la Iglesia New Hope Baptist, cuando les cantó «Guide Me O Thou Great Jehova» (Guíame, Tú Gran Señor). Y a fe que la guió, pues la pequeña Whitney, ese día, ante la reacción emocionada de aquella gente, supo que debía dedicarse profesionalmente a la música. Seguiría el camino de su madre, la excelente Cissy Houston y su tía, inigualable Dionne Warwick.

De todo lo demás creo que no hace falta añadir gran cosa más que no se sepa, sobre su trayectoria y sobre su incomparable voz; Whitney se convirtió en la estrella musical femenina más importante a nivel mundial de los años 80 y 90, sus canciones han sido cantadas hasta la saciedad en todas las celebraciones de lo que se da en llamar BBC (Bodas, Banquetes y Comuniones) de todo el mundo, sin distinción de países ni culturas. Sus hits no fueron los de un año o los de un par de temporadas, sino que nos han acompañado a través de nuestra vida y a partir de ahí, han sido muchas cantantes femeninas las que han seguido su estela. Pero ninguna ha ocupado su trono.

Ella era nuestro espejo, un espejo que empezó a perder brillo y nitidez por culpa de las drogas y, seguramente, tras una boda poco afortunada con el músico Bobby Brown, a quien ella, a pesar de todas las cosas, amó profundamente.

Hoy ese espejo se ha roto definitivamente y quizás gracias a eso – quien lo sabe – Whitney ya es libre. Libre de esa diva con la que tal vez, en su fuero interno, nunca llegó a reconocerse del todo. Nos ha dejado, eso sí, su voz y un montón de hermosos recuerdos musicales por los que hemos de darle un eterno ¡Gracias!. A ellos nos agarramos con fuerza, de la misma manera que ella, la gran Whitney Houston, agarraba y sostenía todas las notas de las más hermosas melodías.

Y de tantas y tantas canciones, nos quedamos hoy con ésta: ¿A dónde van los corazones rotos?.

Deseando, que allá, en las estrellas, querida Whitney, encuentres todas las respuestas… Descansa en paz.

 

 

 

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