Gracias, Ignacio Echeverría

Ignacio Echeverría ya no volverá. Lo comunicó la familia esta tarde aunque ya habíamos perdido las esperanzas de encontrarle con vida desde que supimos que no se encontraba entre los heridos del último atentado de Londres y las cifras de muertos coincidían prácticamente con las de los desaparecidos.

Pero en las primeras horas sí albergamos esperanza de que aún estuviera vivo y de que algún día regresaría para explicarnos y poder agradecerle a la vez ese gesto maravilloso que – por inusual – lo  ha elevado a la categoría de héroe. El  héroe del skateboard (skateboard hero). O héroe del monopatín.

Hubiera podido recibir el reconocimiento y el cariño de todo un país y, en cambio, se fue de forma anónima, luchando contra esos demonios de fanatismo y maldad pura que sólo el género humano es capaz de engendrar.

Ignacio se bajó en marcha, sin pensarlo ni un segundo, del tren de su vida y con su monopatín en mano se lanzó contra un sujeto que acuchillaba salvajemente a una mujer. Ésta podría ser la australiana Sara Zelenak, a la que también intentó socorrer un policía, sin éxito, ya que la muchacha también falleció (el policía sobrevivió y fue quien ha relatado una parte del episodio mientras que la otra la han contado los amigos del héroe del monopatín). Ignacio se enzarzó en una pelea con uno y luego con los otros dos terroristas, hasta que uno de ellos consiguió apuñalarlo por la espalda. Algo muy propio de esos “valientes guerreros” que integran esa secta de enajenados cuya mayor gloria es la de servir de peones a intereses muy poco claros, quizás no tanto si se conocen los entresijos del avispero político de Oriente Medio.

Después, sólo se sabe lo que contaron sus compañeros, que yacía en el suelo, consciente, agarrado a su monopatín y lo que las autoridades británicas han tenido a bien informar a la familia con cuentagotas. La autopsia preliminar ha dictaminado que Ignacio murió de la cuchillada en la espalda asestada por los terroristas.

Sara Zelenak, de 21 años, la mujer a quien Ignacio intentó socorrer.

De todos modos, será muy difícil para la familia y sus abogados aclarar ese espacio vacío de tiempo de casi cuatro días en los que la información sobre el paradero y la condición del gallego fue exactamente cero, por parte de un gobierno – el británico – que ha demostrado con su secretismo un desprecio considerable a las víctimas (en su mayoría no británicas, a excepción de los terroristas).

Pero de eso ya habrá tiempo de ocuparse. El caso es que Ignacio ya no lo podrá contar y su familia tendrá ante sí toda una vida para echarle de menos. Y hacerse preguntas. Ahora el duelo, seguramente, nubla todo lo demás.

De momento, Ignacio se ha ido rompiendo en pedazos muchos de nuestros clichés: los míos, para empezar y no me duelen prendas en reconocer por escrito los límites de mi estrecha mente. En efecto, Ignacio trabajaba como ejecutivo en un banco de bandera londinense, el HSBC , concretamente, como experto en blanqueo de capitales. Quien iba a pensar que este “pijito”, un banquero y tal, símbolo para muchos del más puro egoísmo capitalista de nuestro tiempo, pudiera tener un corazón tan grande y el arrojo propio de un chico de arrabal, con muy poco que perder, para entregar su vida ayudando al prójimo. Me quedaré con las ganas de que Ignacio me conteste personalmente a toda este repertorio de prejuicios. Bueno, de hecho, ya me ha contestado.

Mariano Rajoy ha informado que el Gobierno le va a conceder la Cruz de Plata de la Orden del Mérito Civil, a título póstumo. También se está hablando de ponerle su nombre a una calle en Madrid y seguramente vendrán más reconocimientos y condecoraciones. Y muchos análisis sobre lo importante que es vencer al miedo en estos tiempos de tantas amenazas fantasmas.

Pero me da que Ignacio se está ya sonriendo desde el Cielo, diciéndose “menuda la he liado”, mientras desaparece con su skateboard, ya sin darle más vueltas a todo esto. Surcando para siempre en libertad la inmensidad de miles de estrellas.

De corazón, gracias, Ignacio.

 

 

 

 

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