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Francisco

Puede decirse que Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 1936) ya empezó a cautivar con sólo aparecer por vez primera en el balcón de la Plaza de San Pedro, el miércoles 13 de marzo ya de noche, pasadas las ocho. Con la sonrisa semi-congelada por la impresión de aquel primer encuentro, una timidez indisimulada ante el gentío expectante y la atención directa de los medios de comunicación mundiales en riguroso directo, mascullando un italiano con acento y cadencia argentinos y, sobre todo, quizás lo más conmovedor, aquel gesto de ponerse en pie frente a la multitud, serio, humilde y decidido, en actitud de servidor, más que de líder. Actitud que impresionó a muchos y que confirmaron sus palabras durante la ceremonia de entronización:”El verdadero poder está en el servicio”, impactante carta de presentación y, dicho sea de paso, ojalá cunda el ejemplo en otros líderes más mundanos. Pero la tarea es difícil, enorme, compleja, por eso el nuevo Papa viene repitiendo desde el primer día: “Rezad por mí”. Porque él y todos nosotros sabemos que buena falta le hace.

De inmediato, su nombre fue portada en todos los medios de comunicación, circulaba de boca en boca como un torrente de aguas cristalinas, despertando millones de conciencias dormidas: “Francisco”. “Francisco” a secas, en sus palabras, “como el patrono de Italia”, aquel muchacho de casa buena de Asís que un día renunció a toda la riqueza del patrimonio familiar lanzando sus pertenencias por la ventana, porque quería estar y ser como los pobres que llamaban a su puerta. Un santo, un guía espiritual que fue pobre por elección, que veneraba la naturaleza y preconizaba el respeto a los animales, sus “hermanos menores”, siglos antes de que existiera algo parecido a la ecología o la defensa animal.  Ese es el modelo en el que quiere verse reflejado el nuevo Papa, el primero perteneciente a la orden de los jesuitas.

Francisco desea reconducir la Iglesia al espíritu de sus inicios (“Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los pobres!”), pensando en aquéllas primitivas comunidades de cristianos, en las que la solidaridad  y la igualdad eran los sellos de distinción, una premisa revolucionaria en una sociedad en que la esclavitud era legal y aceptada. Estos grupos se multiplicaron a raíz de la decadencia del Imperio Romano y, por causas difíciles de sintetizar, su organización se vio absolutamente infiltrada desde arriba por el poder político, a la vez que sus valores fundacionales, basados en el amor y el desprendimiento material eran ultrajados gravísimamente.

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Cruzados asaltando el fuerte de Damietta en Egipto

No es cuestión de analizar ahora todos los crímenes que la Iglesia ha cometido en la Historia en nombre de Jesús: desde las Cruzadas hasta la Inquisición, pasando por todas las injerencias eclesiásticas en asuntos geopolíticos que poco tenían que ver con el Evangelio. Sin embargo, tampoco puede pasar por alto que los principios éticos que fundamentan el cristianismo (herederos, por supuesto de fuentes griegas y mediorientales), especialmente todos aquéllos relativos a la igualdad y a la dignidad humanas, han influido en nuestro código actual de valores, en las leyes y constituciones que rigen los estados contemporáneos.

Como es lógico, esos principios han evolucionado en consonancia con los tiempos y, en demasiados aspectos, tal y como reconocen numerosos miembros del clero, la doctrina oficial de la Iglesia resulta anacrónica. Y sin embargo, no todo el mundo es consciente de que el núcleo de la doctrina de Jesús contiene preceptos de conducta radicales, incluso difíciles de asimilar para cualquier ser humano, sea cual sea su origen cultural, como predicar el perdón incondicional de las ofensas, el amor a los enemigos, la igualdad entre seres humanos, la renuncia al egoísmo y la invitación a desprenderse de los bienes materiales. Siguiendo esta línea, son muchos los representantes de la Iglesia que han elegido estar con los más desfavorecidos, con los perseguidos en todos los rincones del globo y que han vivido hasta las últimas consecuencias vivir como Jesús vivió y predicó. Ellos también son Iglesia. Y esa es la Iglesia a la que el Papa Francisco, Francisco, a secas, desea poner el rumbo.

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Ratzinger fotografiado en su retiro, una exclusiva de la revista italiana “Chi”

No es tarea fácil. Y lo prueba la renuncia del anterior Papa, Joseph Ratzinger, en uno de los gestos más importantes que haya realizado un Obispo de Roma en toda la historia del pontificado. Ni siquiera los problemas de salud que adujo en principio como motivo de su marcha fueron impedimento para que él mismo reconociera abiertamente los grandes obstáculos de todo tipo a los que había tenido que enfrentarse durante su papado. Aquéllos que le reprocharon haberse “bajado de la Cruz”, probablemente, no se detuvieron a valorar los pasos extraordinariamente arriesgados y durísimos que Benedicto XVI dio con el fin de iniciar un proceso de regeneración en el seno de la Iglesia.

Poner en el foco mediático un asunto tan grave y vergonzante como el de la pederastia requiere muchísima valentía y arrojo: tener que mancharse la sotana reconociendo públicamente que durante años una parte del clero ha estado abusando de jóvenes y niños sin castigo alguno por parte de sus superiores es en sí una cruz, una cruz tan pesada, tan poco gloriosa, tan bochornosa y desoladora que ningún Papa anteriormente tuvo el valor, la voluntad o las fuerzas de cargar con ella ante la vista de todo el mundo. Ratzinger, que era tachado de conservador acérrimo – y lo era, lo que indica que la honradez no entiende de tendencias ideológicas – lo hizo y, seguramente, esa y otras cargas como el affaire Vatileaks y sus intentos fracasados de aumentar la transparencia de las finanzas vaticanas, contrariando al núcleo duro de la curia, acabaron con sus fuerzas para seguir batallando. Pero nadie puede dudar de que Ratzinger consiguió limpiar al menos una parte del camino que, con su gesto, ha señalado a su sucesor.

Ahora Francisco se ha puesto en marcha, a su manera, a su estilo latino, viste?, cariñoso, sonriente, tímido, abierto, dialogante, con otras formas, para regresar a los inicios, a la esencia del mensaje de Jesús. La gente se entusiasma y se ilusiona con su espontaneidad, con la belleza de su discurso: es tiempo de esperanza. Pero el Papa venido “dalla fine del mondo” sigue diciendo:”Rezad por mí”, quizás para que su camino no sea tan solitario, quizás para no convertirse en “un pastor rodeado lobos”como lo fue Ratzinger. Francisco, como todos los pastores, los de toda la vida, sólo desea caminar junto a sus ovejas.

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Solomirar.com es una revista digital independiente creada en 2010.

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