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Eurovisión: Siempre nos quedará Portugal

  

Suecia logra un triunfo cantado con Loreen y su tema Euphoria en un festival que necesita más de un arregloPastora Soler obtiene el décimo puesto y firma una de las mejores actuaciones de España en los últimos años

 

Las flores del mes de mayo culminan su esplendor en el continente europeo con la gala de Eurovisión, este año en Baku y nosotros nos quedamos, el día después, como las propias plantas, un poco exhaustos por el esfuerzo orgánico realizado y, por qué no decirlo, con esa sensación de déjà vu que nos hace replantearnos si vale o no vale la pena acudir a este particular festival el año que viene. Y no es el décimo puesto – que sabe a poco, ciertamente, ante la brillante y elegantísima interpretación de Pastora Soler y su coro en la final – ser décimos es una clasificación muy buena en las circunstancias que rodean a las votaciones en los últimos años.

El sistema de votación eurovisivo, en efecto, implica introducirse en una máquina de centrifugar en la que te puede pasar de todo y cualquiera de los críticos y eurofans que se dedican a realizar pronósticos saben perfectamente que una buena canción y mejor interpretación tiene prácticamente las mismas posibilidades de acabar en el top five o en el bottom five, o sea, de quedar entre los cinco de cabeza o entre los cinco primeros empezando por la cola. O se cuenta con eso o, de lo contrario, mejor no ir a Eurovisión, ni que vayas con el mismísimo Mozart redivivo. Y para confirmar esta regla sólo hay dos excepciones: o que seas sueco o que lo sea tu productor. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.

Porque en eso se ha convertido la Eurovisión del siglo XXI: en una plataforma privilegiada para la producción musical sueca, un gigante que no ha hecho más que crecer desde el triunfo de los ABBA en 1974. Ahí empezó todo y la posterior proyección mundial del grupo fundado por Bjorn Ulvaeus y Benny Anderson es un exponente de la potencia musical del país escandinavo, con una industria puntera y totalmente abierta a cualquier músico individual con talento y ganas de currar (¿Por qué no hacen un master en Estocolmo los directivos de las discográficas españolas?).

De Suecia son una gran mayoría de compositores de las canciones que escuchamos en el festival, incluida la ganadora de la edición actual, Loreen y su tema Euphoria y también, en parte, la de nuestra Pastora Soler (Thomas Gison es autor y coautor respectivamente de ambas canciones). Y aunque Pastora ha cantado en español y ha imprimido su propia personalidad al tema “Quédate conmigo”, no escapa a nadie que todas las ganadoras de los últimos años son canciones no sólo en inglés, sino que siguen ese patrón anglosajón que Suecia ha metido con calzador hasta en el último rincón de Europa, o si no, preguntémonos: ¿Quién sospecharía que los ganadores del año pasado , Eli & Nikki, representaban a un país de tradición persa oriental tan fuerte como Azerbayán?. ¿Alguien se cree que una canción de ese estilo responde a la creatividad propia de ese país?. Y es que con tal de asomar cabeza en Eurovisión, los nuevos países europeos han adoptado sin reservas el credo sueco, condición sine qua non para ser tenido en cuenta si no te conoce nadie. Si a eso unimos la práctica vergonzosa de votar al vecino para equilibrar vínculos históricos de amor-odio que en algún caso se remontan hasta el siglo XV, no podemos más que adherirnos a la percepción ya subrayada por muchos de que el festival de Eurovisión está técnicamente secuestrado por el voto de los países, como diría Diges, pequenitos.

Además, este año, la reina madre sueca de Eurovisión ha ido a por todas, y tanto es así, que meses antes de la celebración del festival la ganadora ya era la gran favorita. Por mucho que pueda gustarte la canción, rítmica y pegadiza con toques new age (pero cuidado con el estribillo que es de esos que como te entren, te repite y te repite y te repite…) y que la cantante, de origenes amazics (bereberes) y encanto innegable te explique que su actuación es una oda a la auténtica liberación femenina, la enorme avalancha de votos que se le vino encima y que la catapultó a años luz del resto de contrincantes sólo se explica por una promoción exhaustiva y muy bien  planificada, un ámbito, el márketing, en el que los suecos también son maestros.

 

Can Bonomo, de Turquía, con su tema Love Me Back, se hizo con el séptimo puesto

 De todos modos, Eurovisión también depara, como todos los años, sorpresas agradables, joyas que merece la pena escuchar, como la arriesgadísima apuesta de Albania, con el talentazo artístico y la excelencia vocal de Rona Nishliu (apuesta que, extrañamente, le salió bien, pues quedó quinta) y, ya más abajo, perdida por los escalones de la clasificación, una balada deliciosa de Bosnia-Herzegovina (un país que siempre derrocha una exquisita sensibilidad musical), interpretada por Maya Sar , en bosnio, pero capaz de traspasar barreras idiomáticas por la enorme expresividad de la artista. También la italiana Nina Zilli estuvo solvente, con un tema y una presentación al estilo Amy Winehouse, Italian versión, eso sí… Y los turcos, que saben casi de todo, de bazares, de especias, de joyas, de navegación, de delicatessen culinarias, de crearse una leyenda histórica para ponerlos por corbata a toda Europa y también saben mucho de cómo montar un show sin renunciar a una buena canción, vean si no a Can Bonomo, excelente intérprete con cara de descarado repetidor de secundaria, de esos que saca ya dos cabezas al resto y su contundente cuadro de bailarines-vampiros.

Y por supuesto hubo el insoslayable repertorio de minifaldas griegas y chipriotas, si bien, la clasificación indica que, a estas alturas, la minifalda o, mejor dicho, la falda-cinturón, sin canción, ya no cuela. Ni acompañándola del socorrido sirtaki. Ahora, como contrapunto, se lleva el faldón largo y si no, véanse las segundas clasificadas, esas abuelitas rusas que encandilaron a Europa porque, tras una larga vida transcurrida en lo que fue la URSS y en la que se intuye han debido pasar lo suyo, conservan intactos el candor y la sonrisa de las niñas que fueron. Eso vale votos, muchos votos, ahí estamos de acuerdo.

Y terminamos con la debacle sonada de esta edición: Reino Unido. ¡Cómo le gusta a Eurovisión matar al padre!. Al país que engendró el pop, fuente de vida de este festival, se entiende, este año con doble pérdida, pues presentaban a un grande, aquél que enamoró perdidamente a madres y tías de media humanidad, allá por los sesenta: Engelbert Humperdinck, hoy honorable setentón, entonces un bombón de extraordinaria voz. Su naufragio al penúltimo puesto con la canción: “Love will set you free”, sencilla melodía, y preciosa en el fondo y en la forma, demuestra que Europa, en verdad, nunca tendrá historia, porque no tiene memoria.

El estribillo dice así:

If you love someone, follow your heart

‘Cause love comes once, i f you’re lucky enough…

Si quieres a alguien, sé fiel a tu corazón

Porque el amor, con suerte, sólo pasa una vez en la vida.

El amor se irá y Eurovisión volverá y nuevamente, la recibiremos sin rencor por los malos tragos pasados; volverá la ilusión, como todas las primaveras, pero… ¿volveremos nosotros?. ¿Nos merece la pena este festival?. Tal y como está ahora España debería, al menos, valorarlo; un plante de España quizás arrastraría otros países de larga tradición en el festival y puede que  llegase incluso a plantear un cambio profundo o una actualización en la mecánica del evento musical europeo por antonomasia, precisamente, en beneficio de la música.

Sea como sea, queda mucho tiempo para el año que viene y, en cualquier caso, siempre nos quedará Portugal, nuestro hermano de sangre, para gritar a los vientos del Norte y el Oriente en la noche estrellada de mayo: “Spain…¡Twelve Points!”.

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Solomirar.com es una revista digital independiente creada en 2010.

One comment

  1. Myriam Salgado

    Loreen fue genial, la canción tiene ritmo y es diferente a todo, la española Pastora tambien estuvo muy bien esta vez vaya voz

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