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Eurovisión: los brazos abiertos de Europa

Analizando Eurovisión 2015, ya con cierta perspectiva, se confirma lo que ya se viene apuntando desde las últimas ediciones: el durante mucho tiempo denostado eurofesival ya no es caldo óptimo de cultivo para frikies. A RTVE le costó unas cuantas ediciones entenderlo pero, al menos, debemos valorar que en los últimos tiempos lleva realizando memorables esfuerzos de acudir con una buena representación, entre las que se inscriben Pastora Soler, Ruth Lorenzo y la de este año con Edurne.

Ya poco importa que los votos no acompañen, lo fundamental es dar la talla artísticamente y este año, de nuevo, se ha conseguido unanimidad en considerar que la cantante madrileña hizo una excelente performance a nivel de voz y coreografía, encandilando con su porte de diosa hispana, no sólo al público de nuestro país, sino también a muchos eurofans europeos que la daban hasta el último momento como favorita, junto con la estonia Aminata y el belga Loïc Notet.

El aplomo de Edurne en el escenario eurovisivo con una apuesta tan complicada desde el punto de vista técnico es encomiable, sólo ejecutable por una profesional completa; a la canción, sin embargo, le faltaba remate, parecía inacabada a pesar del indudable atractivo grito guerrero del “EEEIAAO”.  Probablemente se hubieran ganado votos del jurado (el voto popular ascendió a Edurne varios puestos) si a la pasional coreografía firmada por Myriam Benedited, y realizada junto al bailarín Giuseppe di Bella (que tanto nos ha hecho disfrutar) se hubiera añadido un coro aprovechando parte del trabajo ya realizado con la versión sinfónica de Amanecer, bastante más elaborada que la original.

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Aún así, cabe preguntarse: ¿Existe una fórmula para ganar Eurovisión? ¿Una buena canción, un buen intérprete y una buena presentación garantizan, no digamos ya la victoria, sino un buen puesto?. Debemos dejar claro que no, puesto que vemos continuamente, de nuevo este año, cómo excelentes canciones han quedado no sólo desbancadas por la ganadora, sino incluso relegadas a una clasificación mediocre.

Partamos de la base en que el año en que a Suecia le da la gana de ganar – valga la redundancia – gana. Y punto. Cuando los medios de comunicación pronostican que “Suecia es favorita” ya nos lo podemos tomar con calma y filosofía, que aunque vaya con una canción mediana y con acusaciones bien fundamentadas de plagio, Suecia, gana. Y no por ello vamos a desmerecer la fresca actuación de Mans Zelmerlöw, (gran voz, cercana a la tesitura del italiano Nek) que estuvo francamente bien, pero no fue, objetivamente, la mejor. Nosotros la habríamos dejado en un puesto 11, de ahí que no entre en nuestro Top 10. En fín, lo de Suecia en Eurovisión es algo parecido a una dictablanda y eso ocurre, principalmente, por dos motivos:

1. A los suecos les encanta Eurovisión, ya desde aquellos lejanos tiempos en que barrieron con los míticos Abba. Si bien esta premisa tan simple no tendría ningún significado sin considerar la siguiente y es que, siendo esta primera cierta, lo de los suecos con Eurovisión no consiste en un amor exclusivamente platónico. Que interés, haberlo, háylo.

2. La producción musical en Suecia no tiene rival en Europa a día de hoy. Ya se pueden quitar británicos, alemanes, italianos …etc.: los suecos juegan y ganan. Ellos apuestan,  pagan y ellos deciden. Suecia todo lo puede para manejar según su conveniencia la extraordinaria plataforma de lanzamiento que supone el festival de Eurovisión, cuya audiencia se supera cada año (aunque es difícil de calcular, estamos en más de 200 millones de personas a nivel mundial): influenciar jurados, amañar votos, invertir ingentes cantidades en campañas publicitarias, lo que haga falta para lanzar al estrellato a quien sea, se llame Hans Zelmerlöw (un simpático fan de Barcelona, cuyo perro se llama Messi), o se llame Loreen, No importa que la fama eurovisiva pueda resultar efímera, el rendimiento que supone ganar y, por supuesto, organizar al año siguiente el sexagenario festival de la canción es innegable.

 

Pese a los votos y las clasificaciones, que son un factor especialmente en contra para los pueblos mediterráneos y mediterráneo-orientales – cuya cultura nos marca aún un gusto con ciertas diferencias respecto del gusto anglosajón predominante – no podemos dejar de considerar y valorar la parte más positiva y gratificante que apuntábamos al principio.

Y es que la vieja Europa, con todas sus carencias, defectos, desequilibrios y contradicciones ha sido capaz de albergar la cita musical más antigua de la televisión mundial, que ha ido avanzando a través de las décadas- a veces, a trompicones y sobreviviendo a críticas demoledoras – hasta convertirse en una cita que entretiene e ilusiona a gente de realidades muy dispares que ama la música y el espectáculo ofrecido en directo. Eurovisión representa esos brazos abiertos que Europa cierra muchas veces a ese otro mundo que, a menudo, intenta alcanzarla por todos los medios de forma dramática. Eurovisión es también ese nexo común que los europeos no siempre acertamos a encontrar, perdidos en un maremágnum de intereses y realidades que con frecuencia nos separan.

Olvidémonos, pues, de cómo ha quedado cada quién en la votación final y recordemos hasta qué punto hemos disfrutado franceses, bosnios, ucranianos, daneses, griegos, españoles o israelíes en esa noche mágica del mes de mayo en la que compartimos con el resto del mundo música, voces, luces, innovación, glamour… en definitiva, ilusión. Y si hay política, que la hay, el poder de la música y la fuerza y pasión que transmiten los artistas la acaban convirtiendo en algo insignificante.

Y ahí va nuestro TOP TEN “mediterráneo – alternativo” Eurovisión 2015 para que vosotros también lo disfrutéis en diferido.

Y que sea hasta el año que viene.

 

10. BÉLGICA

9. NORUEGA

8. RUMANÍA

7. ISRAEL

6. ESPAÑA

5. LETONIA

4. AUSTRALIA

 3. ITALIA

2. MONTENEGRO

 
1. AZERBAYAN

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