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EL TORERO FRANCISCO RIVERA DURANTE UNA CORRIDA DE TOROS PERTENECIENTE A LA FERIA TAURINA DE LA BLANCA 2015 07/08/2015 VITORIA

El espejo mentiroso del torero Fran Rivera

Uno de los problemas más grandes que tenemos los autodenominados “seres humanos” es que, cuando nos miramos al espejo, a menudo solemos ver en él lo que querríamos ser en lugar de lo que realmente somos. Cada uno de nosotros tiene su espejo particular de amable autoengaño, en el que proyectamos deseos y esperanzas de todo tipo, incluyendo el convencimiento de que nuestras acciones diarias nos sitúan en el lado correcto de la vida.

Lo malo es que ese espejo personalizado que refleja nuestra imagen todas las mañanas, con demasiada frecuencia sólo admite una dosis mínima de autocrítica; la dosis justa y necesaria para darle al relato de nuestra existencia unos niveles de veracidad aceptables. A veces, esa autocrítica es tan mínima que no nos permite tan siquiera poner en cuestión la idoneidad de nuestro rumbo.

Cierto: no todo el mundo es capaz de pararse a reconsiderar su estilo de vida o a replantearse las cosas, ni siquiera cuando cada vez que abrimos la boca o hacemos algún gesto causamos tanto rechazo a tanta gente, tal y como le viene sucediendo últimamente al torero Fran Rivera. Hay que ser valiente para decirnos a nosotros mismos, de frente y sin rodeos que es probable que estemos equivocándonos o  yendo por un camino que no conduce a ninguna parte.

A juzgar por las reacciones y comentarios del torero ante el clamor generalizado que suele suscitar su conducta pública, diríamos que su espejo personal le retrata como un rebelde social, como un luchador incomprendido; un visionario en guerra declarada contra el mundo, sobre todo, contra esa legión en aumento de personas en España a las que les revuelve las entrañas ver a un animal torturado hasta la muerte. Todo eso a lo que él y algunos como él insisten en calificar de obra arte y de “patrimonio cultural”, si bien, su cruzada, más que por amor al arte,  viene a ser más por amor a la parte que les toca directamente a sus bolsillos.

El fragor en la contienda es tal que en esta última ocasión el torero no dudó en sostener a su bebé en brazos al tiempo que torea a una desgraciada vaquilla. Para más inri, otros toreros salieron en su defensa, diciendo que ellos también hacían eso mismo con sus hijos pequeños.

La maldad intrínseca de esta acción no se circunscribe al hecho de poner en peligro a un menor – que por supuesto también – sino a la perversidad de tratar de inculcar a un niño la rutina de inflingir sufrimiento a un animal, clavándole un estoque repetidas veces. Nos pone los pelos de punta ver cómo este hombre trata de mostrarle a un bebé que es normal, bueno y saludable, torturar a un pobre animal hasta hacerle sangrar y causarle la muerte. ¿Podrá esa criatura desarrollar una afectividad normal? ¿Podrá tener compasión o empatía con el dolor de otros seres vivos cuando sea mayor?

¿Qué diferencia hay entre torturar a una vaquilla y a un perro o un gato?. ¿Lo podría tratar de explicar el Sr.Rivera delante de un veterinario o de un científico independiente?.

¿Choque de civilizaciones?. No hay que ir muy lejos: lo tenemos aquí, entre nosotros. En cualquier otro país de Europa, Fran Rivera no sólo arriesgaría conservar la custodia de la menor: podría ir a la cárcel por el sólo hecho de inculcarle el maltrato animal como patrón de conducta. Es cierto que España ha sido y es un país en el que se maltrata a los animales de manera sistemática y nuestras leyes aún dan cobertura en gran medida al salvajismo cultural de nuestros antepasados – esperemos que por poco tiempo.

Fran Rivera  puede seguir empecinado en demostrarle al mundo que su mundo – el suyo y el de sus antepasados – aún tiene sentido. Puede continuar batallando en mil guerras perdidas de antemano, o alimentando las ingentes dosis de majadería intelectual que difunde el mundo taurino. Puede quedarse con su espejo, trucado y mentiroso, ese que le retrata como un héroe, pero debería replantearse si la paternidad le otorga el derecho de lastrar a sus hijos -que no son una propiedad privada ni de él ni de nadie – con esa macabra y funesta herencia de tortura y muerte.

 

 

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