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De la primavera árabe al invierno europeo

La unidad financiera lleva a una Unión Europea pero no a una Europa Unida. La diferencia parece leve, pero es importante. La primera puede salvar al euro. La segunda puede salvar a Europa. O por lo menos su unidad política.

Revolución en Egipto (Foto: Waleed Rashed)

Al realizar el balance del 2011, el título que predominará en el ranking noticioso del año será “la primavera árabe”, el que con todos sus equívocos –incluyendo los climáticos- simboliza la caída de diversas dictaduras en el Oriente Cercano. Sucesos que mirados desde una perspectiva macrohistórica pueden ser vistos como la continuación de las revoluciones democráticas que tuvieron lugar en los países de Europa del Este. Si es así, se comprobaría una vez más como la suerte del mundo árabe está ligada al curso político de Europa. Hay, si se quiere, una comunidad de destino entre esas dos regiones y los sucesos del 2011 no hicieron más que confirmarla. De ahí que no deja de ser preocupante el hecho de que justamente en los momentos cuando los países árabes necesitan más que nunca de la ayuda europea, Europa se encuentra atravesada por dos crisis: una política y otra económica.

 
Sobre la crisis económica se ha escrito mucho; quizás demasiado. Pocos han percibido, sin embargo, que esa crisis ha sido favorecida por una crisis política inter-europea de cierta magnitud. A diferencia de los EE UU cuyo gobierno ha reconocido no estar condiciones de erigirse por sí solo en defensa de todo el espacio político occidental, las naciones europeas no logran definir su lugar en la política internacional del siglo XXl.
 
El fin del comunismo significó, ciertamente, la derrota de un formidable enemigo, pero no el fin de relaciones antagónicas como son las que marcan la política internacional de nuestros días. Ya no existe por cierto un gigante militar como la URSS. Pero su lugar ha sido ocupado por Rusia y un conjunto de regímenes autoritarios peligrosamente inestables. Más allá, esa potencia llamada China, la que más temprano que tarde exigirá un lugar político y militar acorde con su poderío económico. Y volviendo al mundo árabe, para nadie es un misterio que después de las rebeliones populares, tendrá lugar la confrontación entre un Islam político y un Islam totalitario, confrontación a la que se sumarán intentos de retorno de los militares desplazados del poder. Egipto es sólo un anticipo. De más está decir que el interés, tanto de Europa como de todas las naciones democráticas, reside en apoyar al primer Islam. Tarea que por el momento está cumpliendo Turquía, nación que sin el apoyo de Europa, o sin formar parte de la Europa política, se verá lamentablemente sobrepasada.
 
En síntesis, las tareas políticas que esperan a la futura Europa son las siguientes:
  • Integrar a Rusia en un contexto político europeo, pero sin tomar distancia de los EE UU.
  • Mantener relaciones económicas con China sin ceder un ápice de su independencia política.
  • Tender un puente político y diplomático hacia sectores político-religiosos no totalitarios del mundo árabe
 
Esas tareas -quizás está de más decirlo- sólo puede cumplirla una Europa con gobiernos dispuestos a sacrificar algunos intereses nacionales en aras de objetivos comunes. Pero eso pasa, antes que nada, por el reconocimiento de esos objetivos; y ahí es donde reside el gran déficit de la política internacional europea. Europa carece de una política internacional homogénea, problema que no es ni monetario ni financiero.
 
Hoy los gobernantes europeos apuntan con el dedo a David Cameron por no haber apoyado planes destinados a salvar la zona del euro mediante una disciplina fiscal esencialmente tecnocrática. Puede que tengan razón. Pero tampoco es imposible olvidar que en Marzo del 2011 hubo una deserción mucho más grave: la negativa de Alemania en las Naciones Unidas para apoyar a los revolucionarios libios cuando estos solicitaron ayuda militar en contra de la tiranía de Gadafi. Alemania, en esa ocasión, rompió el eje político-militar que regía en la Guerra Fría (Francia, Inglaterra y Alemania). “¿Con qué derecho Alemania quiere imponernos una disciplina que no fue capaz de suscribir cuando Europa más la requería?” Puede que así haya pensado Cameron. Y no habría dejado de tener cierta razón.
 
La unidad financiera lleva a una Unión Europea pero no a una Europa Unida. La diferencia parece leve, pero es importante. La primera puede salvar al euro. La segunda puede salvar a Europa. O por lo menos su unidad política.
 
 
Foto de David Cameron: Kai Mörk

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