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¿Cómo fue crecer llamándome bruja?

Mi amiga S. me conoce desde que eramos niñas, compañeras de salón en el colegio de monjas donde me eduqué. Y fue la primera amiga a quién llevé a casa de mi abuela. Como es natural, se sorprendió por las estatuillas de Diosas y Dioses que había en todas partes del apartamento, el calderito de mi abuela – de hierro forjado y curado, un caldero de bruja de verdad – y el pentáculo de madera pegado a la pared. Cuando me preguntó de qué iba todo aquello, le respondí con toda la naturalidad del mundo que eramos brujas, mi abuela y yo, mi madre y mis tias, mis primas menores. Ella me miró con los ojos muy abiertos, desconcertada y luego de un largo minuto de silencio, soltó la pregunta que pareció le atormentaba luego de la, para ella, asombrosa revelación.

– ¿Vuelan en escobas?

No supe que decir. Miré a mi abuela, que sentada junto a nosotras, sonreía con benevolencia.

– No, barremos con las escobas.
– ¿Se les pone la piel verde en luna llena? – insistió S, boquiabierta. Mi abuela intentó contener la carcajada, de verdad lo intentó, pero yo noté que la risa estaba allí, muy cerca de su boca.
– No. Tampoco comemos niños y ni tenemos verrugas – respondió mi abuela. S, escuchó todo aquello con la boca muy abierta.
– Pero son brujas.
– Sí, de las de verdad.
– Ya.

Un par de horas después, S. no recordaba su curiosidad y comía las famosas galletas de jengibre y pasitas de mi abuela pero a mi, sus preguntas me siguieron intrigando. Cuando nos quedamos solas, le pregunté a mi abuela de donde salian aquellas ideas extravagantes sobre las brujas. Mi abuela me miró largo rato y ahora pienso, que probablemente intentaba resumir en una explicación que pudiera entender una niña de diez años, siglos de superticiones. No lo logró, de manera que me abrazó con esa calidez suya que todavía extraño.

– La gente cree lo que quiere y siempre ha sido así. Lo diferente asusta y preocupa, pero para saber porque, hay que vivir. Cuando seas más grande, encontrarás la respuesta a eso.

Cuando sea más grande, pensé un poco fastidiada por esas palabras que siempre me habian impacientado. Pero resultó que al menos en ese respecto, si necesitaba ser más grande para comprender.  Y me ha llevado buena parte de mi vida hacerlo.

el-cosmos-1Porque crecí escuchando que mis creencias eran «malas», que las brujas «eran del diablo», que mi sentido de la fe eran supercherias. A los doce, una monja intentó obligarme me quitara el pentáculo que desde que recuerdo llevo al cuello, porque era «simbolo del demonio». A los quince, la madre de una amiga me pidió nunca más fuera a su casa porque era parte de una secta. En la Universidad, un profesor me insultó a su manera sutil, llamandome «primitiva e ignorante».

Ha sido un camino largo, extraño, singular, duro y bello a la vez. Porque desde el momento en que decidí en que llevaría mis creencias como una banda de honor, bien visible, que sonreiría al decir la palabra bruja, que no tenía que ocultar mi manera de creer y confiar, ha sido una lucha discreta, diaria y sincera, por demostrar que lo diferente es tanto hermoso como duradero y que el poder de la fe no tiene rostro ni tampoco, discrimina.

No ha sido sencillo por supuesto. Tampoco esperé que lo fuera. Porque a pesar que mi país es bastante ecléctico en lo que a creencias religiosas se refiere, es también y de una manera bastante contradictoria, muy conservador. Hay una cierta desconfianza hacia lo que no es común, hacía lo que no se entiende, y sobre todo, a eso que no podemos clasificar a primera vista. Pero cada vez que llevo el pentáculo al cuello, cada vez que realizo un ritual, cada vez que respondo «soy bruja» cuando me preguntan en qué creo, doy un paso hacia adelante para abandonar esa región de lo marginal, lo prejuiciado, lo que se discrimina. Cada vez que me atrevo a copiar un ritual y publicarlo, a hablar con total libertad de mis creencias, encuentro una manera de crear, de construir un camino propio que seguir.

Y quizá,  sea esa necesidad de creer y confiar, lo que sea la verdadera magia, la esencia real de esa fe que de alguna manera me define y que durante toda mi vida adulta, le ha dado un lugar y una identidad a mi manera de ver el mundo.

A veces, todavía recuerdo esa primera tarde con S. , comiendo galletas de jengibre, mientras mi abuela quemaba albahaca en su caldero de hierro – que heredé – y tejía un tapiz para envolver sus cartas de Tarot. Y siento un amor enorme, radiante, por esa linea de conocimiento que heredé, por esa visión de las cosas que llevo a todas partes y en todo lo que hago con profunda convicción. Y es que tal vez la bruja que soy – la niña que fui, la adulta en que convertí – es parte de ese juego de espejos que con tanta ingenuidad, llamamos madurez.

C’est la vie.

Fuente: The Aglaworld. El universo cuántico de una cínica que ama el ideal.

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