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Adiós, Milana Bonita

Morir en Marzo

Murió el escritor Miguel Delibes. Una mañana de marzo invernal no despertó. Su vida se apagó sin sufrir, durante el sueño, tal y como él había deseado. Poco podemos añadir al universo de crónicas, análisis y valoraciones sobre la obra de ese “alma de Valladolid” que estos días ha inundado la red y a todos los merecidos premios que reconocieron su labor en vida, entre ellos, el Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Premio Nacional de las  Letras Españolas y el Premio Nadal de Literatura. Su genialidad como escritor resulta indiscutible desde todos los puntos de vista, su dominio magistral del idioma castellano en lo profesional, la originalidad de su enfoque y autenticidad de su universo creativo y en lo personal; su discreción y sencillez son valoradas unánimemente por sectores de opinión muy dispares, así como su escasa permeabilidad frente a los halagos y a cualquier tentación de divismo, su actitud siempre ética como periodista y como persona en tiempos oscuros y difíciles, tanto en lo político como en lo social.  
 Aún así, como cualquiera de nosotros, la figura de Miguel Delibes puede ser contemplada desde múltiples ángulos. Todos somos seres poliédricos, ofrecemos caras distintas y algunas de ellas, pudiendo parecer contradictorias, son el reflejo de verdades y sentimientos que duermen en lo más profundo de nuestro ser. Así hemos visto a Miguel Delibes. Y por eso hemos querido centrarnos en una de las facetas del maestro que más ha llamado nuestra atención: su pasión por la caza.  

Un cazador que escribe…

 Quizás porque esta práctica resulta descorazonadora para los que integramos el Bazar, hemos querido poner el foco sobre la pasión personal de este escritor ilustre que un día se definió “un cazador que escribe antes que un escritor que caza”.  
En efecto, esta declaración queda atestiguada por el sinfín de obras que le inspiró el tema cinegético, empezando por su primer artículo periodístico “El deporte de la caza mayor” y un sinfín de obras como escritor: “Diario de un cazador”, “El libro de la caza menor”, “Con la escopeta al hombro”, “La caza de España”, “Alegrías de la caza” …etc., directamente centradas sobre la cuestión y tantas otras en las que la caza aparecía como tema secundario, aunque, no por ello, menos importante. Éste es el caso de una de sus obras más conocidas para el gran público, debido, en parte, a la exitosa y multigalardonada adaptación cinematográfica de Mario Camus. Nos referimos a “Los Santos Inocentes”, publicada en 1981 y adaptada exitosamente para el cine en 1984.  

Los Santos Inocentes

 “Los Santos Inocentes”, ambientada en un cortijo de Extremadura durante la postguerra española, es un retrato feroz pero muy veraz y atinado de la opresión que una élite de “señoritos”, los terratenientes, ejercía sobre las familias campesinas que trabajaban a su servicio. Estos eran los “santos inocentes”, gentes atemorizadas, alienadas, conformadas a vivir en la miseria, sometidas a un trato desigual y humillante y, así y todo, agradecidas de recibir una “protección” que encubría una explotación inclemente por parte de los dueños de las fincas, que se extendía a todos los ámbitos, desde el trabajo a la esfera de lo personal. Miembro de esta familia de campesinos y máximo exponente de esa inocencia es Azarías (¿Cómo olvidar a aquel magistral Paco Rabal?), un hombre con retraso mental que vive refugiado a duras penas con su hermana y en cuyo universo es protagonista una graja, la “Milana bonita”, un pajarillo que le reconoce y al que adora y cuyas voladas siguiendo sus instrucciones le iluminan el alma.  
En contraste a esta relación mágica y cargada de ternura, a la pureza de un corazón que se abre a la grandeza del amor ante esa minúscula porción de vida que encarna el pajarillo, el escritor nos muestra el rostro feroz de la opresión en el señorito Iván, que disfruta cazando y abatiendo vidas de animales como complemento al servilismo y cosificación al que somete al resto de vidas humanas que dependen de él y que, en un arrebato, abate al animal al que Azarías tanto quiere. El pobre hombre parece no reaccionar, de momento, ante la desgraciada suerte de su querida milana, pero no podemos dejar de conmovernos y asombrarnos ante el hecho de que un cazador como Delibes haya sido capaz de transmitir con tanta fuerza ese dolor inmenso que Azarías encierra y calla cuando sabe que nunca volverá a ver su graja, muerta a manos de un cazador.    
 A continuación, la trama de opresión experimenta un giro radical cuando el cazador-opresor no merece otra suerte que la de ser colgado de un árbol por el propio Azarías quien, súbitamente, de víctima de “pocas luces” se convierte en un justiciero absolutamente cuerdo, en la figura de ese vengador del mal que se encuentra en el imaginario de todas las culturas, en el que acaba de una vez por todas con el abusador, en el «inocente» que redime con su acción a todos los «inocentes», personas y en este caso, también a un «inocente» animal.  
Azarías y la "Milana Bonita", ilustración de Rosario Callejo*
 Pocas veces la literatura y el cine han retratado con tanta poesía y verdad el amor sentido por un animal como en “Los Santos Inocentes”: sin duda la figura de Azarías, hombre bueno, de pueblo, afectado por un retraso mental era ese espíritu puro, blanco, absolutamente necesario para que la narración de esta bellísima y trágica historia de amor prendiese en nuestros corazones.  
 Nos gustaría comprender qué fue lo que pasó exactamente por la cabeza del escritor, mejor dicho, del «cazador que escribía», cuando alumbró esta extraordinaria historia, que parece apuntar en dirección contraria a la que fue la afición de toda su vida.  Pero eso ya nunca lo sabremos.  
Y nos quedan aun más peguntas para ese Delibes que ahora nos contempla serenamente desde las estrellas. Quisiéramos saber si algún día dejaremos de matar por diversión o por «deporte» a los animales que corren y vuelan libres por los campos y bosques de nuestro planeta; si podremos ser capaces de abrir nuestro corazón a los animales como Azarías hizo con su adorada milana, como aquel «cazador que escribía» retrató un día magistralmente para la eternidad.  

Aisha   

    

* http://rcallejo.blogspot.com/   

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